28.6.11

Escalona y los embelecos del poder (Escalona)

Revista Dinners

Un párrafo de Consuelo Araújo en “Escalona el hombre y el mito” llamó mi atención: “No es justo el juicio secreto que muchos de los amigos y partidarios de Escalona intentaron hacerle para pedirle cuentas, castigarle, cobrarle o simplemente echarle en cara lo que consideraron una defección imposible en su obra musical (…) Él es únicamente un cantor, un cronista lírico y como tal hay que aceptarlo o rechazarlo, admitirlo o criticarlo, sin caer en la trampa de montarle juicios a sus actitudes”. La Cacica se refiere a un canto que el maestro compuso para Rojas Pinilla. “Hoy, Escalona, pese a la buena amistad que mantiene con María Eugenia Rojas, prefiere no hablar de este suceso, que muchos de sus amigos y seguidores nunca entendieron ni le perdonaron”.
Desde muy niño recuerdo al maestro vestido de caki y pistola visible en la pretina del pantalón. ¿Por qué habría de paniquear tanto una canción del pasado a un hombre que presumía de su arrojo? ¿Qué era lo que no le perdonaban sus amigos? ¿Por qué le causaba tanta vergüenza un canto que compuso cuarenta años atrás? “En el apogeo de su gloria –cuenta La Cacica-, el alto gobierno decide invitar al cantor a Bogotá. María Eugenia Rojas brinda una fiesta en su residencia en la que Escalona será la figura principal y allá va él con un heterogéneo grupo musical con Víctor Soto en el acordeón (…) Escalona determina hacerle un canto al general Rojas Pinilla”.
Quienes me conocen saben que no soy versado en vallenato a pesar de haber nacido y crecido en Valledupar. En mi Ipod hay más música de Aldo Haydar que de Diomedes Díaz. Aun así, me llamó la atención conocer este vallenato del que consulté con el señor Google, busqué en el Ares y hurgué en mis libros de folclor para no encontrar nada nuevo. La explicación de Consuelo explica es que “se trata de un canto nonato” y que "de su recuerdo sólo quedan aquellos que lo grabaron". De manera que me di a la tarea de encontrar a alguno de ellos.
Abrevio el cuento hasta la parte en que pido a mi papá que me ayude buscando en Valledupar datos que lleven esta historia a feliz término. Él habla con el Turco Pavajeau, con Andrés Becerra, con Alejandro Isaza. Amigos suyos que fueron a la vez amigos de Escalona. Días después se prende una luz. El hermano de Jaime Calderón Brugés, quien vive en USA, guarda comunicación con Víctor Soto en Miami.
Calderón Brugés me hace el cruce telefónico, primero con su hermano y luego, a través de éste, con el primer acordeonero que tocó las canciones de Escalona, y de paso el primero que interpretó vallenatos en Bogotá. Tras varios intentos, ninguno de los dos responde el teléfono. Mientras la espera, analizo con el ex Registrador Nacional la cercanía de Escalona con el poder.
Calderón recuerda que en la campaña para la Constituyente, Pastrana Borrero visitó Valledupar acompañado por la pléyade del godismo local. Estando en pleno evento irrumpió Escalona, quien no sólo no estaba invitado sino a quien tampoco se le conocían intereses en el partido conservador. “Fue directo a la mesa principal, saludó a Pastrana y se sentó a su lado”. Finalizado el acto, Pastrana –viejo zorro de la política que años atrás sacó dividendos de su amistad con Pambelé- susurró al oído de un político local “Saquémosle una declaración”, esperando que Escalona invitara a votar por su lista. Algunos adláteres acuden con sus micrófonos. Escalona elogia al presidente pero no pronuncia la frase esperada. Años después, en una conversación entre Pastrana y Calderón, éste le pregunta qué tanta votación aportan los personajes públicos del deporte o la farándula. “Eso es un imponderable”, contesta el presidente dando a entender que, más que votos, tributan con reconocimiento y popularidad.
Días atrás, durante un almuerzo en el hotel Dann, el abogado e historiador Ciro Quiróz me contó sobre el día en que Escalona se conoció con Uribe Vélez. “El gobernador de Antioquia estaba en una fiesta en el Club Valledupar. Sin conocerlo, Escalona le mandó con un mesero una botella de whiskey. Uribe la recibió con la frase Yo no he pedido whiskey, a lo que el mesero respondió Es una cortesía del maestro Escalona. Tan pronto el mesero se lo señaló, el gobernador se desplazó hasta su mesa para saludarlo. Allí nació la amistad que luego se consolidó cuando Uribe se lanzó a la presidencia y al primero que buscó en la región fue a Escalona, quien le prestó su fama para que la usara en la búsqueda de votos”.

Lo primero que sorprende de Víctor Soto es el vigor de su voz. Es un hombre de ochenta años que a través del hilo telefónico parece mucho menor. También llama la atención su detallada memoria y la forma como engrana con facilidad las nostalgias sentimentales con la especificidad de los lugares.
Víctor Soto salió de Colombia hace cuarenta años. Llegó a Nueva York, donde vivió durante casi tres décadas. De ahí emigró a Miami buscando calor. Soto es el acordeonero que aparece junto a Escalona en aquellas bellísimas fotografías clickeadas por el maestro Nereo que el Ministerio de Cultura editó hace una década en un llamativo formato en blanco y negro. “La primera visita de Escalona a Bogotá fue en 1956 –afirma Soto sin dudar un ápice-. Rojas Pinilla y el maestro se conocieron en el batallón Rondón en Buenavista y luego el general nos invitó para un toque el siete de agosto en Melgar, toque que nunca se realizó debido a la explosión en Cali de dos camiones cargados con dinamita”.
De manera que tenemos a un testigo excepcional de los inicios musicales de Rafael Escalona. Quizás por eso me timbro al escuchar en su voz una frase tan contundente e inesperada como polémica: “el acordeón llegó a Escalona por necesidad, pues en la región no existían ni guitarras, ni violines, ni sinfónica”. ¿El maestro del vallenato prefería la guitarra antes que el acordeón? Es lo que afirma Soto acodándose en esta historia: “Escalona decía que en su casa no le dejaron aprender a tocar acordeón, pero yo opino lo contrario: a Escalona no le gustaba el acordeón para su música. Le parecía muy poca cosa”.
Corrían tiempos cuando la música de acordeones no era de buen recibo en los salones de la clase afortunada, lo cual plantea una reflexión: prohibido el acordeón en el Club Valledupar, a Escalona le importaba no ser rechazado por la oligarquía de su pueblo, por los poderosos. Pregunto a Soto por qué Escalona prefería guitarras y violines a la hora de grabar sus cantos. Transcribo su respuesta literal: “Por pretencioso. Le parecían poca cosa los acordeoneros de esa época”.
Luego de más de media hora de animada conversa, finalmente llegamos al punto que motiva mis pesquisas: la tan mentada canción homenaje a Rojas Pinilla, que Víctor Soto me canta de memoria al tiempo que la grabo para la posteridad en mi teléfono celular. El canto tiene tres nombres y su letra es tal cual sigue a pesar de la aclaración de Soto de que las estrofas finales fueron incluidas por Escalona algún tiempo después.
13 de junio” o “Rojas Pinilla” o “El general”
Hombre cada vez que esta nación
oiga ve su libertá en peligro
Hombre se da cuenta el ser divino
y manda un libertador
Se da cuenta el ser divino
Y le manda un libertador

A Colombia fue rojas pinilla
El que le quitó la pesadilla
Ombe porque en el 13 de junio
Ay se terminó el gran infortunio
Ahora toda América dirá
Ay que En Colombia hay libertad

Porque Colombia sentía amargura
Ombe rojas pinilla llegó
Porque Colombia sentía amargura
Ombe rojas pinilla llegó
Ombe a borrar con su ternura
La sangre que otro derramó
A Colombia fue rojas pinilla

El que le quitó la pesadilla
Ombre porque en el 13 de junio
Ay se terminó el gran infortunio
Y ahora toda América dirá
En Colombia hay libertad

A chiriguaná fue a visitar
Estuvo en los llanos en Casanare
A chiriguaná fue a visitar
Estuvo en los llanos en Casanare
Ay es muy justo general
Ombe que también visite el valle
Hombre y es muy justo general
que también visite el valle

Ombe pa´que vea que el pueblo grita
Emocionado con su visita
Para que le cuente a sus ministros
Lo que en la provincia ha visto
Y se lleve un recuerdo grato
De la tierra de Pedro Castro

Lo primero que pienso tras escucharla es que la letra es tan desafortunada que ni siquiera parece escrita por Escalona. No olvidemos que se trata de uno de los compositores más ilustres que ha nacido en nuestro país, alguien que dio gloria a nuestra cultura con la sencillez de su poesía, que no es lo que perfilan estos versos. Creo entender las razones de su vergüenza al esconderla –y esto es lo siguiente que pienso-: el problema no es elogiar a Rojas Pinilla. Lo imperdonable es lo malo que le quedó el canto.
El canto fue grabado, según Consuelo, “en menos de lo que canta un gallo (…) en la Radio Nacional, bajo la impecable dirección musical del maestro José María Peñaloza, que ha escogido a su gusto treinta músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional”.
¿Para qué quería grabada una canción tan mala el general? Asuntos de vanidad, supongo. ¿Por qué recula Escalona y la echa al olvido luego de que el general cae en desgracia? Las interpretaciones quedan abiertas a los lectores no sin antes informar de una tercera –y conocida- ocasión en la que el maestro también flaquea ante los poderosos.
Siendo López Michelsen candidato a la presidencia, Escalona compone un canto que se convierte en himno de su campaña: López es el pollo. Pues bien, un par de líneas de este canto fueron mandadas al olvido por decisión de la Dirección Liberal con la anuencia del maestro. El verso en cuestión decía “Que nada de Lleras ni el otro dos Lleras. Ahora es con López y el partido liberal”. El liberalismo prohibió estas líneas y Escalona bajó su cerviz. La historia me la contó Ciro Quiroz y yo le doy total crédito por venir de una persona no sólo muy cercana al maestro sino, a la vez, un gran investigador de nuestro folclor.
Al igual que Pambelé o su amigo García Márquez, Escalona fue siempre un hombre cercano al poder. ¿Por qué la atracción por los poderosos de las figuras de la cultura y el deporte nacional? “Se debe a un embelesamiento –la respuesta es de Ciro Quiroz-. Todos nos movemos por complejos. Lo que te impulsa es algún complejo. Escalona, en el fondo, tenía un complejo social por no haber nacido en la oligarquía local”. ¿Lo puedo citar? Pregunto a Quiroz durante el almuerzo en los sótanos del hotel Dann de Bogotá. “Si, si. Claro. ¡No estoy mintiendo!”.

Escalona, el reverente irreverente (Escalona)

Revista Dinners

Escalona fue Escalona desde su adolescencia, cuando se inventó a sí mismo con un personaje construido a su medida. Desde que compuso aquel primer canto en homenaje a su profe Castañeda comenzó a arroparse con la arrogancia de un hombre que se sabe destinado para la fama. Tanto se preocupó por inventarse que no le importó dejar atrás lo que más quería: su tierra y su gente.
Su arrogancia era tan descarada que Jaime Molina, su mejor amigo, decía de él que “se creía un betovencito”. Molina fue quien presentó al maestro con Carlos Alberto Atehortua, el periodista caldense que llegó a vivir a Valledupar a mediados de los sesenta. “Una tarde –cuenta Atehortua en su nuevo libro-, Molina me preguntó ¿quieres conocer al hombre más petulante del mundo? Le seguí la cuerda sin saber a quien se refería. Fuimos a casa de Poncho Cotes, donde estaba Rafael, y con el índice derecho me lo señaló con ironía: Mira que sencillo es este hombre que hasta parece humano. Se llama Rafael Calixto Escalona Martínez, compositor, pero no sé cómo ha logrado tanta fama con unos cantos que no dicen un carajo. Lo grave es que él mismo se lo cree.
Las primeras puntadas Escalona las robó del cine mexicano, del cual era fanático y disfrutaba en la inmensa sala a cielo abierto del Cine Cesar, diagonal al convento de los dominicanos. De Pedro Infante y Jorge Negrete tomó prestada tanto la pinta como la actitud del charro norteño.
Sus amigos de vieja data lo recuerdan vistiendo los colores de camuflaje –su evocación militar fue una constante-, con pantalón y camisa caki con charreteras, cinturón de tres centímetros de ancho y hebilla vistosa que solía lucir con su revolver con cananas ceñido al cinto. Así lo registró el maestro Nereo López en una serie de hermosas fotografías que hace diez años rescató el Ministerio de Cultura.
Eso de presumir con arma al cinto es un tema propio del machismo en una tierra donde los hombres se desafían con frecuencia. De hecho, uno de sus amigos más cercanos murió en un duelo cuya historia que, a pesar de que no ser tema de este texto, nos sirve como pretexto para ilustrar el contexto.
El hombre del que hablo no es más que el Tite Socarrás, protagonista de uno de sus cantos más celebres junto con Enriquito Orozco, aquel donde cuenta la historia del Almirante Padilla, el buque insignia de la Armada Nacional, que contuvo el espíritu contrabandista de este par de personajes en su empeño por vender café en Aruba.
A sus 89 años Alejandro Isaza recuerda con lucidez los hechos alrededor de aquel duelo: “El Tite Socarrás era un hombre de malos tragos. En la ceiba de Villanueva llamó ratero a su suegro Bolívar Olivella. Le dijo que era un ladrón de ganado. Bolívar volvió rezongando a su casa. Hasta aquí llegué –le dijo a un compadre-: o me mata el Tite a mí o lo mato yo a él. Se metió un revólver 38 largo en la pretina del pantalón y se fue donde una querida a cuya casa del frente debía llegar el Tite para recoger a un trabajador antes de partir al algodón. Toda la noche se la pasó fumando cigarrillos y tomando tinto con la puerta cerrada, quizás angustiado por la proximidad de la muerte. Cuando Bolívar vio a Socarrás le salió al paso: Ahora si me vai a repetí lo que me dijiste anoche, dijo mientras le disparaba. Hizo diana en el corazón de Tite, quien tuvo tiempo de desenfundar su propio revólver y devolver el tiro. El primero en morir fue Bolívar Olivella. Socarrás alcanzo a correr pero José María y Victor Olivella, los hijos de Bolívar, lo persiguieron. Herido, cayó al suelo. Los muchachos aprovecharon para rematarlo. Alcanzó a balbucear un par de palabras, pero nadie las entendió”.
La historia sucedió en Villanueva, un pueblo sin brisas de tierras áridas y secas al sur de La Guajira del que Isaza afirma que “no tiene ni una sola calle donde no hayan matado a alguien”, corroborando sus palabras al afirmar que “Allí la clase media eran los pistoleros”.
Villanueva, junto con San Juan del Cesar y Urumita, fue el epicentro de Escalona a finales de la década del 40, fecha que coincide con la composición de sus mejores cantos. Muy cerca de allí, entre La Paz y San Diego, quedaba la finca de su suegro, Juan José Arzuaga, que fueron las tierras donde por primera vez sembró arroz.
A Escalona le gustaba trabajar el campo tanto como enamorar a todas las mujeres que se tropezara en el camino. En este sentido, para él ellas no fueron más que el regodeo de su masculinidad desde que se hizo hombre a los catorce años con una mujer que trabajaba en casa de sus padres y le doblaba en edad llamada Rosa Elvira, a quien luego compuso sus primeros versos. A ella cada día la zuqueaba en las piernas, que es la expresión que en el pueblo usamos para decir restregar, hasta una mañana en que literalmente la mujer le dijo “Vení pa´ acá pa quitate esa arrechera”.
La virginidad la perdió sobre una laja en el Cerrito de las Cabras, una lomita a espaldas de su natal Patillal. A partir de entonces su historia está colmada de mujeres y parrandas casi en la misma medida. No era un hombre que se enamorara en profundidad. Más bien era pragmático. Si confirmaba que la mujer pretendida era gustosa de él, la perequeaba. De lo contrario, la hacía a un lado hasta que bajara la guardia.
Su gusto por las mujeres tímidas y calladas corresponde a su visión de la mujer dócil y sumisa. Lo advierten las metáforas de sus cantos donde las palomas aparecen como seres indefensos y mansos siempre bajo el acecho del gavilán que gobierna el espacio, el gavilán que es el chacho, el fuerte, el mandamás que marca territorio y se lanza en picada tras su presa.
Sus mujeres no fueron lo suficientemente agraciadas a tono con su fama de ilustre compositor, a su carismática personalidad e incluso a su misma pinta, pues las señoras de su edad aseguran que de mozo este señor era hermoso. Pocas se le resistieron. Cuando ello sucedía, se apropiaba de la muy vallenata expresión “se me escarcharon los peroles”, que data de los tiempos cuando el material de los chismes de la cocina se desportillaba con facilidad.
Fueron mujeres que más de una vez le montaron rémoras de las que él estaba seguro que no daban para abandonarlo. Recordemos que esta es una tierra donde a la mujer no le importa que su marido se entrepierne con otra con tal de que regrese a dormir a casa. De hecho, ninguna lo dejó. Todas siguieron esperándolo hasta el momento mismo de su muerte. El caso más patético es el de la Mona del Cañaguate, quien fue su mujer por casi veinte años. Cuando en alguna ocasión le preguntaron por él, mucho tiempo después de que la abandonara, su esperanzada respuesta fue: “Ahí todavía están sus chancletas”, sintetizando en pocas palabras que algún día regresaría por ellas.
La única de carácter fuerte que se le recuerda fue la última, la cachaca, Luz Marina. Fue ella quien pudo aquietarlo. Quizás porque cuando la conoció ya era un hombre viejo de andar cansino.
Hay una anécdota contada por su gran amigo Iván Gil, el hombre que conoce cada día de su biografía, que habla de su profundo machismo. Su amigo Tomás estaba enamorado y le pidió consejo sobre su debía continuar su relación con esta mujer. A lo que dijo “a mi me parece de primera porque esas muchachas fueron bien criadas, son hacendosas y tienen cierto grado de cultura así que casáte con ella”. Escalona apadrinó la boda. Pasado un tiempo, la muchacha le sacó las uñas “en el sentido de que se volvió celosa y respondona”. De manera que Tomás viajó hasta Urumita a buscar a su compadre para reclamarle. ¿Su respuesta? “Yo me equivoqué pensando que esa muchacha iba a ser buena. Pero, mira, no te la dejei montar. Ponte a bebé y cuando llegues en la madrugada le metei una garrotera y la echai pa´ fuera”. La historia, sin este final, está relatada en El compadre Tomás.
Como vivo en urumita
en casa de Pedro Nel
llegó el compadre Tomás
y preguntó por Escalona yo lo busco
porque quiero hablá con él le
vengo a poné las quejas e mi señora.
Yo pensé que esa muchacha
iba a ser muy buena esposa.
Me perdona si te hice meté las patas
usted sabe que cualquiera se equivoca.

Desconocemos si el compadre Tomás siguió este nuevo consejo de Escalona. Lo que sí sabemos es que el cura de Sanjuán del Cesar, el padre Dávila –que luego fue inmortalizado por la televisión en la caracterización que de él hizo Carlos Muñoz en la novela San Tropel- afirmó de él que era “la personificación del diablo” dedicándole más de una homilía para quejarse en público porque el compositor “le estaba echando a perder a todas las niñas de los colegios, y pervirtiendo a los hombres en el trago”.
En venganza, ni corto ni perezoso, el maestro le dedicó un canto donde queda claro –hay que remontarse a la época- su irrespeto a los jerarcas de la iglesia. El solo titulo es suficientemente irreverente: Las lenguas sanjuaneras.
A mi sanjuán me gusta porque el pueblo es bueno
está reconocido no le falta nada
pero tiene una cosa mala
uuuyyy qué lengua dios mío”.

Claro que es en La custodia de Badillo donde más vainas le echa a los curas llamando a uno de ellos “ratero honrado” y pidiendo que después de la misa “hasta los curas fueran requisados”. La anécdota del canto es la siguiente: Jaime Molina le preguntó a Escalona: ¿Supiste lo que pasó en Badillo? El padre Lorenzo se robó la custodia. En realidad no fue una custodia sino un cáliz, y el cura no se la robó: sin explicar las razones, la mandó a Bogotá para que la limpiaran. Una comisión de Badilleros viajó a Valledupar a quejarse ante el obispo Roig y Villalba, quien tampoco estaba al tanto. Meses después regresó el cáliz ya limpio pero los remitentes se habían equivocado y, cuando el obispo abrió la caja, confirmó que esa no era el de Badillo. Era un cáliz mucho más grande y liviano que pertenecía a una iglesia de Popayán. El obispo elevó una carta devolviéndolo. Hasta cuando el cáliz llegó a su destino los popayanejos devolvieron el que habían recibido.

Meses atrás, Enrique Maya “se había prestado” sin permiso las tallas de San Pablo –no San Antonio como afirma el verso- y Santa Rita de Casia guardándolas en su finca con la esperanza de que lloviera. Entonces la curia armó un escándalo mayúsculo, que luego calló cuando fue un cura quien sacó prestado el cáliz. De ahí viene el verso
Con una 45 en la puerta e´la iglesia
Y a ninguno con sotana lo dejen pasar.
Al terminar la misa
que se pongan del cura pa´ bajo a requisar

Al igual que en muchas otras canciones, en ésta Escalona tampoco fue testigo presencial de lo narrado. La realidad es que, conocida en la región su inmenso talento para componer, los vecinos de cada pueblo le contaban cada suceso a la manera de un notario que debe certificar la realidad a través de canciones.
Igual que el Tite Socarrás, Escalona también fue contrabandista, en asocio con su amigo Tatica Daza, el del Chevrolito, con quien estaba en Maracaibo aquellos días cuando compuso El Mejoral. Con Tatica hizo varios viajes a Venezuela siguiendo la tradición contrabandista de la región que data de los tiempos de la colonia, cuando el gobierno nacional sólo permitía la introducción al interior del país un determinado número de esclavos para su comercialización. Entonces el punto obligado para tributar era Mompox, de donde viene su importancia como ciudad colonial.
Pero los esclavos también eran contrabandeados. Los guajiros los llevaban hasta Bogotá a través del valle del río Cesar aprovechando su procedencia del rosario de islas que desde Aruba, Bonaire y Curazao se extiende hacia el este por las Antillas y hacia el oeste se topan con facilidad con el Cabo de la Vela. El contrabando, desde entonces, no es más que una oportunidad geopolítica. Escalona no contrabandeó esclavos pero el persona que construyó de sí mismo lo volvió protagonista de historias que pudieron ocurrir en California en su época de pistoleros.

En alguna ocasión pregunté al maestro por qué había salido de Valledupar a vivir en barranquilla y, años más tarde, radicarse en Bogotá. Su respuesta fue tajante: “de haberme quedado allá los vallenatos un día me hubieran pedido que cantara; al siguiente, que fuera a comprar el whisky y; al tercero, que les hiciera tal mandado”. En otras palabras, lo habrían manoseado… ¡y la fama exige cierta arrogancia!

26.6.11

El ego de patillal (Rafael Escalona)

Perfil de Rafael Escalona para Cromos

¿Quién dijo que la arrogancia siempre es mala? Aclaro, no la arrogancia como sinónimo de altanería, de soberbia, sino vista como el amor propio necesario para distinguirse ante los demás. Algunos dirán que se trata más bien de actitud, que es palabra de moda en las revistas del corazón pero, la verdad, cuando uno nace en un caserío de escasos quinientos habitantes, perdido en las estribaciones de la Sierra Nevada, a miles de kilómetros de la capital del país en una época en que las comunicaciones eran casi inexistentes; cuando uno nace en estas condiciones pero tiene el talento grande de dar alegría a sus congéneres, por grande que sea este talento también se necesita muchísimo perrenque si se quiere llegar lejos. A este perrenque yo lo llamo ahora arrogancia, que es virtud de la que han carecido otros también grandes compositores de la música vallenata. Arrogancia para, a pesar de nacer en patria chiquita, tener el descaro de codearse con la patria entera.
Patillal se llama la tierra de la que hablo, y allí nació Rafael Escalona. Claro que Patillal, en toda su historia, también ha visto nacer a muchos de los grandes compositores de la música vallenata: Freddy Molina, Octavio Daza, 'El Chiche' Maestre. Se trata de una tierra prolija en talento, habitada por gente culta y bohemia. Aunque el más celebre de todos sus hijos, sin lugar a dudas, y de lejos, es Rafael Escalona Martínez, hijo del coronel Clemente Escalona -de quien Gabo dijo alguna vez le sirvió de inspiración para la creación del famoso personaje que no tenía quien le escribiera- es Rafael Escalona Martínez, hijo del coronel Clemente Escalona, muchacha altiva que hablaba cuatro idiomas, pues su tío, el obispo Celedón (un hombre tan importante para su época que incluso se carteaba con el Papa), la mandó a estudiar de niña a la Europa nórdica.
Rafael Escalona nació con un talento grande: el de componer canciones. Comenzó a hacerlo en su adolescencia, cuando era estudiante del colegio Loperena. Su primer canto habla de la tristeza de un estudiante cuando su profesor más querido se va. Se llama El profe Castañeda, y con ella inicia Escalona una carrera prolífica dedicada al vallenato. Sólo que, para entonces, esta música era prácticamente desconocida en el resto de Colombia, y le correspondió al maestro hacer eso que ahora los más jóvenes llaman cross-over, es decir, cambiar el ritmo de un género a otro así, sin más. En este caso, pasar de la guabina y el bambuco al vallenato parrandero.
Una parranda vallenata no es otra cosa que una tertulia musical: la gente se reúne alrededor de unos músicos que cuentan sus historias. Estas historias son las que compuso Escalona desde su juventud, las mismas que rápidamente comenzaron a cantarse de boca en boca. El testamento, La despedida, La Molinera, son cantos que hizo cuando estudiaba en el Liceo Celedón, en Santa Marta, por entonces uno de los planteles educativos más importantes de Colombia, adonde mandaban a los hijos de todas las familias distinguidas del Caribe colombiano. Como dato curioso vale mencionar que el nombre se le debe precisamente al obispo Celedón, su tío, a quien Gabo inmortalizó en Cien años de soledad cuando, para referirse a su amigo compositor, lo menciona como "el sobrino del obispo".
Pero no fue este parentesco lo que le permitió a Escalona abrirse paso entre la aristocracia samaria en sus épocas de estudiante, sino su música. Para entonces, los salones del Club Santa Marta estaban vedados a los estudiantes, salvo al hijo de Patillal: los pisaba con frecuencia de la mano de la más rancia alcurnia de Santa Marta. De Eduardo Dávila, de Miguel Pinedo, de Chepe Riascos. Como luego también lo hizo en el Jockey, cuando López Michelsen lo invitó a la capital y lo presentó a sus amigos, las familias más distinguidas de la Bogotá cachaca. De hecho, el vallenato se escuchó primero en el Jockey Club que en el Club Valledupar, pues las familias tradicionales del valle no veían con buenos ojos la música que escuchaban los trabajadores en las famosas "colitas". Y tardó mucho más en ser escuchado en Barranquilla. En realidad, el vallenato dio un salto grande de Valledupar a Bogotá, brincándose todas las ciudades intermedias. Esto, en gran medida, se le debe al presidente López, quien de joven fue a Valledupar a trabajar unas tierras, herencia de su abuela Rosario Pumarejo, oriunda de la región. A López lo conoció en Valledupar, en la casa de Jorge Delgado Barreneche, y la amistad entre ambos se selló de inmediato y para siempre, al punto que, al ser elegido presidente, en 1974, López lo mandó como su cónsul a Panamá.
Sin el ex presidente, muy posiblemente la música de acordeones no habría llegado a tantos rincones, convirtiéndose en la expresión folclórica más importante de Colombia. A partir de López, se habla incluso de un binomio "vallenato y poder", del que hay una queja generalizada de los políticos de la costa, porque dicen que los acordeones suelen poner más ministros que el porro y la cumbia.
Escalona mismo siempre ha sido un hombre muy cercano al poder. Lo curioso es que Escalona confiesa haber votado a lo largo de su vida tan sólo en dos oportunidades: por López Michelsen y por Uribe Vélez. Con el actual presidente, además, lo une una amistad tan profunda que incluso Uribe visitó al maestro el tiempo que éste estuvo en la clínica, hace apenas un par de semanas, cuando casi se nos va a causa de un infarto. Por fortuna, hoy la salud de Escalona está completamente restablecida. "Lo que pasa -dice el maestro- es que el trabajo y las mujeres me volvieron como un roble".
A partir de su talento y de esa arrogancia, Escalona construyó un personaje tan importante en la cultura de nuestro país, que la televisión hizo de su vida un seriado -Escalona- que ayudó a masificarlo. Aunque, por su cuenta, Escalona siempre se codeó con las grandes personalidades de Colombia. No en vano, desde muy joven, él mismo se convirtió en una de ellas. Cuando Gabo volvió a Aracataca luego de su periplo por medio mundo, lo primero que hizo fue mandarlo a buscar para que le cantara y lo pusiera al día en todo lo sucedido en su ausencia. De esa fiesta queda un escrito del Nobel llamado La parranda del siglo, y la historia ha dado en designar este evento como el antecedente de la creación del Festival Vallenato, ocurrida cuatro años después en Valledupar bajo la iniciativa del mismo López y de Consuelo Araújo.
Con Gabo, Escalona se conoció a partir de su mutuo amigo Alejandro Obregón. Al pintor lo buscó el mismo compositor en uno de sus tantos viajes a Barranquilla. Escalona sentía profunda admiración por su obra. De hecho, al patillalero lo que le llamaba la atención en su niñez era la pintura, pero desistió de ella al descubrir que su amigo del alma Jaime Molina hacía mejores cuadros que él. En todo caso, de la mano de Obregón, Escalona conoció a los demás miembros de La Cueva, aunque ahora confiesa que visitarla no le llamaba mucho la atención: "Tenía un defecto muy grande: no admitían mujeres".
Y ya que las mencionamos, no hay ni qué decir que las mujeres han sido una constante en la vida del maestro. Muchísimas recibieron sus amores a lo largo de los años, aunque la más celebrada fue Marina Arzuaga 'La Maye', con quien se casó a los 22 años y tuvo seis hijos, entre ellos la famosa Ada Luz, la de La casa en el aire.
Ahora el maestro tiene una nueva mujer, Luz Marina, una cachaca de Suesca que espera que Escalona componga algún día una canción sobre sus amores, una mujer que lo cuida día y noche y lo acompaña a cada ciudad donde es frecuentemente invitado a dar conferencias sobre lo que más le gusta y sabe: el folclor vallenato, la música de acordeones, la narrativa costumbrista que siempre hizo y que tanto gozo nos ha dado a los colombianos. Miami, Nueva York, Madrid, Barcelona, París, Caracas. Cada día llega una invitación desde una ciudad diferente buscando escuchar las historias de un hombre que se hizo grande a punta de talento, a punta de perrenque, a punta de ese don de gentes que dice que tiene cada vallenato.
Por fortuna, como a los grandes genios de la cultura, el compositor vallenato ha recibido innumerables homenajes en vida. No se cumplió en este caso aquella frase de Caro: "El hombre es una lámpara apagada. Toda su luz se la dará su muerte". Aunque no es menos cierto que para un hombre que tiene el don de alegrar a la gente ningún homenaje es suficiente. Ojalá hubiera muchísimos más como él, porque en esta vida lo que se necesita es cantar, reír, bailar, llenar el espíritu de contento, de alegría, seguir el sabio consejo que advierte que lo único inteligente que puede hacerse en esta vida es ser feliz, y felicidad es precisamente lo que nos produce escuchar las canciones de Escalona.

24.6.11

¿Quién le maneja la imagen al divino Niño? (Christian Toro)

Entrevista al publicista Christian Toro para Caras

Esta es una de varias frases que se pueden leer a lo largo del espacioso pasillo que conduce a la oficina de Christian Toro, en pleno centro financiero de Bogotá. Aunque, más que la imagen, lo que cabe preguntarse es si el presidente de Toro Publicidad es el encargado de las relaciones públicas del Divino Baby, pues es esta precisamente su especialidad.

Desafortunadamente, -me comenta-, la palabra (sic) relaciones públicas ha sido muy mal utilizada en Colombia. El hecho de que algunas señoras de alta sociedad de las distintas ciudades del país hubieran montado unas empresas de seudo relaciones públicas que se dedican más a organizar almuerzos, hizo que la palabra perdiera la connotación que tiene a nivel mundial”. Lo dice un especialista en el término. Alguien que vive para y –sobre todo- por las relaciones públicas.

Christian Toro es administrador de empresas bogotano, casado con Juanita Londoño desde hace diecisiete años y con una pareja de niños a bordo; acelerado, coleccionista compulsivo (Tintinomano a morir: a la entrada de su empresa, lo primero con que uno se topa es con la figura de un Milú); que presume de ser buen amigo.
Crristian Toro, cabe decirlo, tiene el ego del tamaño de una pared. No es despectivo: cuando le pregunté si veía las fotografías de las secciones de sociales donde aparecía retratado, simplemente me contestó: “¿No ha visto esa pared?” Detrás de mí, a lo largo de casi seis metros de largo, se mostraban unas sobre otras todas las fotografías suyas publicadas en revistas y periódicos. “Son sólo las de este año”, me confía orgulloso.
- Parece que le gustan mucho los cocteles –le comento-.
- Un coctel es un evento social para ver y dejarse ver. Por desgracia, muchas empresas no saben que debe corresponder a una estrategia de comunicaciones y hacen cocteles por cualquier vaina. Voy a casi todos los que me invitan porque me parece el mínimo acto de cortesía con quien quiere verme.
- Pero, en general, en este país de lagartos la gente se muere por ir a cocteles.
- Ojo, los lagartos son aquellos que no están invitados y se cuelan, por eso lo peor que alguien puede hacer es anunciar un coctel –contesta sin temor a estar equivocado este especialista en lagartos-. Uno conoce los lagartos, y casi siempre son los mismos. Pero para mi, los cocteles son una networking: yo siempre voy en plan de trabajo.
- ¿Dónde le gusta rumbear?
- En casa de amigos, y cuando voy a alguna parte me gustan El Sitio, Punto G o donde haya son cubano.
- ¿Bebedor?
- Vino blanco o vinos espumosos. Nada más.
- ¿Cuál es el mejor y el peor coctel al que ha ido?
- Depende de la categoría de la gente. A mi me llegan como cuatro o cinco invitaciones diarias a galerías de arte. A la mayoría voy, doy las gracias, saludo y me salgo. A mi me parece una descortesía total que en este país nadie confirma asistencia a un evento y, como pueden llegar cien, pueden llegar seiscientas personas. Para colmo, la mayoría de las veces se aparecen con más de una persona que no está invitada.
- Retomemos la pregunta
- Cuál era?
- Lo del mejor y el peor coctel.
- Hay que tener claro que, primero: no necesariamente el más elegante es el mejor; segundo, lo importante es la gente, que sean amigos entre sí, gente simpática.
- ¿Y uno malo?
- Cuando no hay buen trago o buenos pasabocas; o cuando se demoran en atender a la gente.
- ¿Qué haya mujeres bonitas ayuda?
- Que haya gente linda en general. ¡Qué mamera ir a un coctel de seminaristas!
- ¿Quiénes son los mejores anfitriones de este país?
- Lily Escarpeta, Jean Claude Bessudo, Ivón Nichols, el negro Sanint, Rafael Mora, Giovanni Lanzoni y Vicky Pavajeau Baute.
- ¿Qué los hace buenos anfitriones?
- Que por más que haya cien personas, hacen sentir especial a cada invitado. Otra cosa importantísima es tener buena memoria. No basta con que se sepa los nombres. Es necesario que el anfitrión tenga claro con quién está hablando.
- ¿Y los peores?
- Prefiero reservarme los nombres
- ¿Encuentra buenos conversadores en un coctel?
- Nunca, porque uno va a un coctel es a saludar, a picar aquí y allá. Uno nunca va hablar algo interesante, uno no va a quedarse quieto.
- ¿Cómo hace para salir en tantas fotos?
- He sido muy amigo de los fotógrafos de sociales desde hace muchos años y son muy queridos conmigo. Además, a varios los he ayudado en su trabajo, pues llegan sin conocer a la gente y yo les digo quién es quien para que lo retraten.
- ¿Algún consejo para quienes quieren ser fotografiados?
- Bueno sí: yo nunca salgo con una copa o con un cigarrillo en la mano. Además, tan pronto veo al fotógrafo me arreglo bien para no salir despelucado.
Este es Christian Toro, presidente de Toro Publicidad y, si fuera válido, podría decir que es un hombre que exuda “cachaquizidad”: por el acento, por como habla, por como se mueve, por como viste, por los gestos, la mirada, las palabras y, por supuesto, la forma como trata a la gente. No se extrañe si se lo encuentra en un coctel, o en varios una misma noche. Ese es su hábitat. El mismo de los lagartos.

17.4.11

¿La iglesia se moderniza?

En lugar de utilizar el sermón del Domingo de Ramos para pedir perdón por los millones de niños abusados sexualmente por sus jerarcas, la iglesia que veneran los cristianos volvió a lo de siempre: enfatizar en su eterna posición en contra de los derechos igualitarios, un tema que corresponde dilucidar a la Corte Constitucional o a otras instancias de la rama judicial. Pero la iglesia se hace la de la vista gorda con sus problemas internos haciendo una cortina de humo con las decisiones ajenas a su competencia.

Pero hay algo nuevo en el mensaje de esta vez: quizás mi memoria me falle, pero es la primera vez que recurre al lobby y las relaciones públicas para utilizar directamente a los medios de comunicación a su favor. Desde finales de la semana pasada, los diversos medios impresos, radiales y los telenoticieros conocían de antemano el tema del sermón del domingo, con lo que la iglesia logró transmitir su mensaje a un mayor número de colombianos.

Pero si el mensaje trascendió los púlpitos es precisamente porque la iglesia está nerviosa. En argot militar, utilizó toda la artillería pesada de la que disponía, esa misma que se usa en la guerra como última instancia para ganar una batalla decisiva. ¿Por qué lo ha hecho? Poco a poco la iglesia ha venido perdiendo todas las batallas que ha emprendido en contra de las libertades y los derechos humanos. Perdió cuando se opuso a los liberales (de ideas, pero también de partido), al divorcio, a las madres solteras, a la virginidad, al desarrollo de la ciencia, al aborto, al matrimonio entre homosexuales (si bien el Congreso no ha fallado a favor, ya la Corte lo hizo), y a todo lo que signifique progreso, dejando claro que ha sido lo peor –la iglesia- que ha pasado en la historia de la humanidad, algo solo comparable con la langosta que arrasa todo a su paso.

Lo curioso es que, como si se tratara de una vetusta empresa a la que le han hecho reingeniería, la iglesia, al utilizar a los medios de comunicaciones para transmitir lo que luego dirá en sus parroquias, se ha modernizado en cuanto a ampliar su mensaje. El problema es que el mensaje sigue siendo el mismo. Igual de antediluviano que la historia de Adán y Eva que insiste en vender. Y los medios le han hecho el juego, repitiendo como un eco lo que los jerarcas eclesiásticos les han ordenado. Es lo que se llama “el sistema”, ese mismo sistema que ahora está asustado frente a la posibilidad de perder una nueva batalla.

Un amor eterno

El bus se detuvo sin previo aviso en la mitad de la carretera. Paula se despertó por la conmoción, los murmullos, las frases deshilvanadas, y una voz al fondo que no se cansaba de repetir que regresaran a sus puestos, que era mejor mantener la calma, que estas cosas pasan a cada momento. Paula alcanzó a medio levantarse de su asiento. Miró con atención hacia la parte delantera y trasera del vehículo. Por ambos lados, la cola de automóviles se perdía en el infinito. Preguntó a su compañero de silla ¿qué pasa?, Nada de qué preocuparse, escuchó la respuesta. Imaginando algún grave accidente, Paula se tapó la boca con la mano izquierda en señal de miedo. Llevaba varios años sin visitar Colombia, aunque muchos menos que a su pueblito natal, perdido en la nada a mil kilómetros de distancia de la realidad. Lo había abandonado siendo muy joven, con escasos quince años, buscando las luces de la capital y el anonimato eterno. Se fue sin despedirse, como un fugitivo del lejano oeste. Sabiendo -con Chejov- que el interés al visitar nuevas ciudades no es conocerlas sino apenas escapar de alguna. En Bogotá consiguió empleo en una peluquería “chic”, como acostumbraba decir de cada cosa que le gustaba. Incluso ella misma se describió como una mujer very chic la primera vez que entró a París. Allá vivió un par de años, hasta que se cansó de la arrogancia francesa. Un día cualquiera, casi sin darse cuenta, amaneció en Milán. En todas las ciudades que habitaba su trabajo era el mismo: no había quien le ganara en destreza en el uso de las tijeras, el secador de cabello y el cepillo. Pero el tiempo pasa muy rápido, y una Navidad -alegría obligada-, entendió que su corazón estaba empeñado a la nostalgia. Como todas las decisiones de su vida, ésta también la tomó en un santiamén. Al día siguiente amaneció en Bogotá. Dos días después, luego de reencuentros con amigos y festejos con trago corrido, tomó un avión a la capital de su departamento. No conocía la Central de Transporte, y le pareció hasta bonita, al igual que los buses que a cada hora partían hacia la profundidad del trópico, deteniéndose apenas para una breve escala en aquel pueblito que desde niña juró sacarse de la memoria. Se durmió imaginando reacciones, pensando si podría contener las lágrimas al encontrar los ojos de su madre. Por su padre prefería no preocuparse. ¿Estaría muerto?, se preguntó un par de veces, luchando por saber si acaso así sería mejor. Los ojos se le encharcaron más de una vez, recordando la casa donde nació, el olor de los mangos en el patio de su infancia, los cuentos de arrullo en boca de su abuela, la ternura de una mamá que aprendió con ella a leer, a contar, a escribir. Así se durmió, antes de despertarla una punzada mortal. Fue cuando medio levantó su cuerpo del asiento para ver la extensa fila de vehículos a lado y lado del bus en que viajaba. Entonces preguntó a su compañero de silla ¿qué pasa?, y escuchó decir Nada de qué preocuparse. En ese instante, un par de sudorosos uniformados subieron al bus. Son del ejército, pensó Paula al verlos de camuflado. De inmediato hicieron apear a todos los pasajeros pidiéndoles identificación y requisando cada cosa que transportaban. Uno de ellos, el de grito estrepitoso y mirada cerril, se detuvo frente a ella recorriéndola de pies a cabeza, como si la escaneara. Sea este el momento para precisar que Paula es una mujer impresionantemente hermosa, de gallarda figura (sin tacones, sobrepasa el metro ochenta de estatura), obsidiana como la noche más oscura, de largos cabellos serpentinos, profundos ojos amarillos y cierto “tumbao” por el que todos se voltean al verla caminar. Fijo ésta es modelo, dijo el militar y luego, en tono feroz, ordenó: Usted se va conmigo. ¿Está loco?, le contestó ella, todavía altanera a sus treinta y pocos. Posiblemente estaban locos todos los militares porque se la llevaron, a ella y a otros cuantos que reclutaron de los muchos carros. Entre todos -militares y civiles- sumaban unas treinta personas que rápidamente se perdieron de vista andando entre la maleza. Subieron por la sierra, caminaron días enteros, pasaron hambre. Un par de riachuelos los salvaron de la sed. Sólo hasta el quinto día, Paula probó proteína: un huevo frito que dieron a cada uno en un campamento improvisado. Para entonces, ya no era comida lo que ansiaba nuestra amiga: sólo pedía que existiera forma alguna de destornillarse las piernas para dejarlas por ahí tiradas, adoloridas como estaban, machacadas, amoratadas, con los pies descalzos, sangrantes, porque desde la primera hora de caminata había mandado a la mierda los tacones de puntilla very chic que alguna vez compró en plenos Campos Elyseos. Para entonces, sabía que sus captores no pertenecían al ejército sino que se trataba de un grupo paramilitar. Se lo contó el mismo hombre que se enamoró de ella al verla sentada en el bus, ese al que llamaban Comandante, el mismo que cada noche la cortejaba con frases floridas, el que se jactaba asegurando que, de querer, podía tratarla a su antojo, pero que la deseaba como su mujer, como su compañera. Quería, se lo dijo, que fuera la madre de sus hijos. De ahí tanta galantería, tanta cursilería, tanto trato preferencial, tanta sonrisa amistosa, tanto susurro poético. Ella, parca hasta el final, sabiéndose mujer deseada y respetada, terminó cediendo ante el pereque. Sucedió el noveno día. Su cuerpo de modelo exótica se dejó vencer, abatido de tanto caminar. Le dijo al oído y lo besó en la boca con tanto desenfreno que parecía querer succionarle los órganos –desde el estómago hasta el colon- con su propia lengua. Era hambre, sed, miedo, dolor, venganza, sexo, sabor, pasión, ganas, sufrimiento, angustia, desconsuelo. El Comandante la abrazó con ternura. Peinó sus cabellos con delicadeza, como efectivamente lo habría hecho un hombre enamorado. Lamió su rostro lentamente, sus mejillas, sus cejas, sus orejas. Metió la lengua por sus oídos al tiempo que le juraba una y tantas cosas: le pintó castillitos en el aire. Luego besó su cuerpo lentamente, sus tetas túrgidas, su abdomen plano, sus caderitas desesperantes y, siguiendo con su lengua hacia el sur, pasó de largo hasta las piernas. Qué pies tan grandes tienes, comentó con humor mientras metía cada dedo en su boca. No te creás el lobo feroz, se oyó a sí misma contestarle. Pero él no la escuchó: estaba sumergido en el más puro éxtasis de amor y gloria. Fue cuando subió su mano derecho metiéndola bajo la falda. Pucha, qué es esta mierda!, palideció el Comandante, y ella le dejó ver que no era del todo mujer.
Eso sucedió tres años atrás, antes de convertirse en su amor eterno. Ahora, hace apenas un par de semanas, el Comandante y los hombres bajo su mando se acogieron a las negociaciones de paz del gobierno y entregaron las armas. Desde entonces, la bella Paula anda tirada a la pena sin saber dónde diablos cantará las baladas ochenteras con que cada viernes alegraba las tardes a “sus” soldados.



Alonso Sánchez Baute
Diciembre 2004

16.4.11

Hace quince días nos enteramos que Gandhi, el reconocido líder del hinduismo, fue gay; la semana pasada,por una investigación adelantada durante dos décadas supimos que Malcolm X, el famosísimo activista del islamismo, no sólo conservó relaciones con hombres desde muy joven sino que además fue prostituto para en su juventud; hoy, un obispo belga confesó sin pudor que hace lo que sus colegas ocultan: abusar de los niños. Tres religiones diferentes que condenan en público lo que sus líderes hacen en privado. ¿Y la iglesia pretende dedicar su sermón de mañana a oponerse a los derechos igualitarios? ¡Mandan cáscara!