“Hay que ser absolutamente modernos”
Rimbaud
Urdí un plan contra Bechara. No fue un plan buscado, es decir, nada premeditado, sino apenas un papayazo que la vida me regaló, así, como de pura bacana, de buena nota conmigo. Y yo me puse tan mono cuco cuando se me ocurrió la idea, que la cara toda me parecía una piñata por la sonrisa de oreja a oreja que cubrió todo mi rostro.
En realidad, la cosa no sucedió recientemente: fue a principios de siglo, justo cuando acababa de doblar el dos mil, y mi amiga Assesinata de Silencia, que es lo más cercano a María Callas que ha parido este país, me dijo al oído -de pura mala-:
-Valledupar celebra mañana 450 años de fundada, y adivina quién organiza las fiestas…
No hubo nada qué adivinar, no me costó mucho advertir quién era el personaje a quién mi amigo se refería. Es más, ni siquiera tuve que pensarlo: el nombre de Alejandro Bechara cruzó entonces, veloz, raudo como una gacela, por mi cabeza.
De inmediato organicé un reinado de belleza con todas las dragas amigas que fuimos a Cartagena a celebrar la llegada del nuevo milenio: veintiún locas y una diva del cine nacional (lo que significa que éramos, en esencia, tres las divas, junto con Assesi), quienes desde finales de diciembre nos habíamos adueñado de un hostal de tercera justo a la vuelta de la Calle de las Bóvedas, sitio en el que nos hacinamos como en cualquier cárcel colombiana y del que nos volvimos mandamás eternos adonde nunca llegamos antes de las diez de la mañana.
No fue difícil convencerlas. Ya se sabe: a la voz de fiesta, a los gays no hay quien nos gane, y si a eso le agregamos un emperifolle con vestidos de gala, pelucas con moñas y pestañas postizas ¡ay, Dior mío! uno no termina de invitar cuando ya están sentadas frente a un espejo o revoloteando en el clóset buscando cualquier chiro que pueda servir para diseñar el más glamoroso de los trajes de noche. Y eso fue lo que hicimos aquella noche, y yo, la más feliz recordando que entre risa y broma lo que me traía encima sería una bomba grande.
De manera que tan pronto cenamos con nuestra amiga de “Donde Olano” que nos atiende como las reinas que somos, cogimos camino de vuelta para iniciar la parafernalia más divertida que alguien haya inventado: la del maquillaje. Pero hoy no estoy para ahondar en detalles en torno a este tema, pues el cuento va por otro lado, así que siguiendo con la historia que nos interesa les digo que, una vez todas bellamente ataviadas, nos fuimos caminado hasta Vía Libre, el bar regay de La heroica. Regay y megaplay, porque hay que ver la mano de gatitos que allí se agolpan cada fin de semana. Claro que recuerdo un momento sublime que sucedió antes de llegar al bar: Perla, con su voz engominada, alambicada, inició aquella canción, “Qué sorpresas da la vida, encontrarte en plena calle, fue una chispa en mi equilibrio, dinamita que estalló. Te encontré un poco más flaco, otra vez me equivoqué. Y todas a voz en cuello le seguimos la parranda, gritando el coro al unísono cual si fuéramos los Niños Cantores de Viena: “¿Cómo te va mi amor?, ¿cómo te va?, era en silencio la pregunta entre tu y yo, ¿eres feliz mi bien?, sin engañar, porque a mi puerta el amor nunca volvió”, consiguiendo la mirada admirativa de cada personaje que nos tropezábamos, pues éramos las drag queens más elegantes que jamás hubieran visitado la tierra de Blas de Lezo el teso; y yo, de buena actriz, cantaba y bailaba, pero en el fondo tan sólo maquinaba la mejor manera de adelantar mi venganza contra el zarrapastroso aquel del Bechara, a quien se la tengo velada desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdo el origen del odio. En todo caso, para entrar en materia, les cuento que la idea, muy sencilla, -sencillita sencillita-, era emborrachar a las amigas y convencerlas al amanecer de seguir la rumba, pero no entre las murallas habituales, ni en la Calle Larga, y ni siquiera en la playa, sino en el mismísimo valle de los uparis, en la tierra de Alejo Durán y Leandro Díaz, apareciendo todas las amigas en casa del Bechara, luciendo nuestras mejores pintas. Claro, yo ya imaginaba la cara estupefacta de mi enemigo al ver aparecer ante su mirada de asombro a sus parceros de Bogotá con las mejores galas femeninas que reina alguna soñara alguna vez: esa sí que sería una venganza de locura, una ocurrencia de grandes genios, qué se yo, de un Dalí, de un Picasso, de un Buñuel, de alguien así, como yo, que nací para estar en las grandes ligas de la creación. No sé si lo han entendido bien, pero por si las dudas les hago caer en cuenta: en la casa de Bechara nadie sabe que es él gay, y en su pueblo mucho menos -o al menos eso cree él, pues ya sabemos las tres mentiras mas grandes de las mariconas, que son: Número uno, a mi no se me nota; número dos, en mi casa no saben y; número tres, yo soy activo-. En todo caso, si de veras en Valledupar no sabían que uno de sus hijos no era como los otros sino diferente de todos los demás, esta era la oportunidad de oro para mostrarlo, y qué mejor manera que, de la noche a la mañana, aparecieran en su casa veintiún travestis borrachos que decían conocerlo, amarlo y adorarlo.
¡Boleta! Esa es la palabra.
Y ese era el plan: boletear por completo al Alejandro, dejarlo en evidencia, mostrarle a todo un pueblo la loca que tenían por vecina. Y yo, por supuesto, la más mala de todas, me las ingenié para que la cosa sucediera y yo pasara desapercibida: como siempre, la protagonista escondida a la que nadie puede odiar porque esas cosas pasan y, ¿cómo las detiene una que es tan ingenua?
Me llevé entonces al parche completo pa´l Valle de Upar con la pinta que engalanaban: todo con tal de ver la cara del Alejandro cuando llegaran a su casa semejantes mujeronas; todo con tal de ver el revuelo que se armaría en semejante pueblo de música y leyenda; todo por no perderme la expresión de los padres de Bechara cuando supieran con qué buenos amigos andaba su hijo. Así que aproveché la tarjeta de crédito que “perdió” un amigo español que me levanté esa noche, y con ella pagué toda la cuenta de aquella noche en que les di trago hasta la buena mañana, uno tras otro; y yo, impoluta, inmaculada, con el cerebro sanote sanote para poder manipular a los desvergonzados que se divertían con el mismo descaro de siempre. De manera que de Vía Libre –ya hacia las seis de la mañana- seguimos a otro sitio. Era un club en Crespo. Se llamaba Marlins: Club Social Marlins, y algo pasó esa noche en ese club social porque tengo en la cabeza algunos recuerdos borrosos de sangre alrededor de la piscina. Claro que eso podría ser cualquier cosa, ¿cierto? desde un asesinato hasta una visita inesperada a una mujer cualquiera. En todo caso, como esta tampoco es la historia que nos incumbe ahora, no gastemos tiempo innecesario.
Y tiempo era lo que yo necesitaba aquella mañana: tiempo para mantenerlas borrachas entre la rumba y la llegada al hostal a buscar los motetes para salir a nuestra aventura.
Pues bien, a las nueve y treinta y siete minutos, reloj en mano, comenzó este rollo. Fuimos al hostal, medio pagamos lo que se pudo –yo aprovechando aquella tarjeta de crédito de mi amigo-, y salimos embullados hacia Valledupar. Aclaro, no fuimos todas: al final, una buena parte se corrió, se bajó del bus en el último minuto decidiendo quedarse a dormir la juma tan desgraciada que ya llevaban. Sólo fuimos cinco: la Perla, la Pepa, Wonder Woman, Assesi y yo, mas el hipocondríaco de Santiago que con lo soso que siempre ha sido iba vestido de civil. Seis en un carro de cinco: un viejo Montero que un amigo, más irresponsable que importante, le prestó a la Perla.
Cuando íbamos en el carro, divertidas cantando las canciones de la Durcal y la Jurado, es decir, la pura Música de Plancha que tanto nos gusta, aproveché para analizar la vestimenta que nos cubría. Si la memoria no me falla, aseguraría que era la siguiente: Perla, que es bastante “robusta”, llevaba traje blanco de encaje francés, muy tropical, muy calentano; peluca de dama antigua con bellos bucles dorados y un abanico en su mano derecha que no dejaba de mover, incluso mientras manejaba, creyéndose quizás un Lagerfeld antes de esta dieta que lo dejó casi cadavérico; Pepa, como siempre de manola, con una traje rojo de grandes bolas blancas, y mantilla negra sobre su peluca dieciochesca; la Wonder, de amarillo pollito: un traje en muselina (¡adoro la muselina!) de mangas largas y falda estrecha. Tan estrecha, que a duras penas nuestra amiga podía caminar; Assesi, quien vestía traje de terciopelo negro, incomprensible para aquel lugar, pero con lo cachaca que es esta mujer –y con lo pobre, por supuesto- no se le ocurre pensar que ropas hay para vestir en otras partes del universo; como yo, por ejemplo, que llevaba un sastrecito celeste que acentuaba la belleza de mis pómulos salientes. Como ya he dicho, Santiago, que por todo se enferma, iba disfrazado de hombre.
Por si alguien ya lo pensó, es cierto: aquello parecía una escena de Priscilla, la reina del desierto, y los acontecimientos que sucedieron son muestra de ello.
El primero ocurrió cuando llegamos a El Banco, ese pueblito perdido en el Magdalena. Ya desde antes, la Perla venía con la vejiga a reventar pero incapaz de detener el vehículo en cualquier paraje donde pudiera aparecer la guerrilla.
-¿Guerrilla en esta zona? –preguntó entonces Santiago, justo cuando llegamos al pueblo.
Aprovechamos entonces para estacionar en una tienda situada a orillas de la carretera. Serían acaso las once de la mañana cuando esta mujer de más de dos metros de estatura con tacón puntilla de doce centímetros incluidos se apeó y caminó su “voluptuoso” cuerpo cual si fuera Paula Andrea en México cuando le robaron el Miss Universo. La vi perderse en un cuartucho donde decía, a secas, “orinal”, y la vi salir, horrorizada, medio segundo después gritando incoherencias. Fue entonces cuando los demás nos bajamos del vehículo con ganas de socorrer a la amiga emproblemada, y justo en ese momento, detrás nuestro, apareció el ejército de Colombia: un pelotón en pleno, treinta hombres sudorosos y bellamente armados. Nadie musitó palabra. De hecho, ni siquiera fuimos capaces de mover nuestras preciosas y decoradas pestañas. Ellos tampoco dijeron nada: pareció como si fuéramos invisibles. ¡My Dragness!, fue todo lo que alcancé a exclamar, y una vez se perdieron de nuevo entre el monte, me arrodille sobre la tierra para besarla agradecido porque nada nos había pasado, igualito a como hace el papa cuando llega a cualquier país. Luego supimos que eran paramilitares, aunque no comprendimos por qué no nos detuvieron ni nos dijeron nada. Ni un púdrete, siquiera.
Después de aquel susto monumental, de nuevo en el Montero y sin la borrachera, Perla y Pepa desistieron de llegar hasta Valledupar. No hubo caso: no pudimos convencerlos. Sólo logramos negociar que nos dejaran en Bosconia.
Y así fue: ¡llegamos a Bosconia! ¿Alguien sabe lo que es Bosconia? Bueno, sí, es un pueblo en el Cesar. Cambio la pregunta: ¿Alguien sabe cómo es Bosconia? Aaaaah, nadie se la imagina pero voy a tratar de describirla.
Bosconia es un pueblo perdido en la nada. Una mitad de camino entre Bucaramanga, Santa Marta y Valledupar. Allá llegamos al fragor de la una de la tarde, y quiero describir en detalle lo que eso significa: el sol está detenido justo en la mitad, es decir, frente a frente con aquel pedazo de tierra doblegada por el calor más aberrante que alguien imaginarse pueda, como si aquello fuera el Sahara enardecido; la carretera: sellada con un pavimento hirviendo cual volcán en plena erupción. De hecho, más que pavimento pareciera lava vuelta concreto; la gente que caminaba alrededor, chorreante de un sudor que semejaba una ducha abierta: y era agua que caía y agua caía y agua que caía desde aquellas frentes pegachentas. Y en la mitad de todo aquello, cientos de fritanguerías que, con el aceite más caliente del mundo –puro fuego vivo-, ofrecían arepuelas y chicharrones y costillitas de chivo y caribañolas y empanadas y patacones y no sé qué diablos más de comidas. Por eso la gente sudaba lo que sudaba: no se les ocurría pensar comer algo diferente bajo aquel sol tan agobiante.
Pero yo, para ser sincera, poco me preocupaba por aquello: en mi cabeza seguía urdiendo mi plan, buscando vengar que el Bechara nunca me hubiera perdonado lo que ya yo misma había olvidado. Pero una venganza es como un duelo: no importa si hay razones. Si la memoria la conserva es porque hay que enfrentarla.
En eso pensaba cuando escuché a Assesinata detener un taxi.
Ciento veinte mil pesos -cobró el taxista por la carrera, obnubilado con la visión de tres mujeres que deambulaban tan elegantemente vestidas por aquel pueblo del demonio. Diré: por el mismísimo infierno (y conste que lo digo por el calor).
-Ni que fuéramos maricas para pagar tanto –se atrevió a gritar la Wonder con la mejor de sus voces femeninas. Y a renglón seguido afirmó-: Alejandro nos dijo que no pagáramos más de treinta mil pesos.
Treinta mil pesos nos cobraban, pero a cada uno de nosotros. Y por más negociación que intentamos, ninguno aceptó llevarnos por menos de quince mil. Yo tenía aún la tarjeta de crédito de mi amigo español, pero supuse que para esas lides no serviría de nada, de manera que ni la mencioné. Ni boba que fuera, además, para que fueran mis amigos quienes la aprovecharan luego.
Finalmente conseguimos transporte: se trataba de una pequeña busetita de seis puestos nada más. Siete con el chofer. El conductor aseguró que no llevaría a nadie más, pero tan pronto nosotros pagamos aparecieron tres señoras vestidas con mantas guajiras y con las caras embetunadas, más cinco gallinas y un perro. El chofer las recibió con la mejor de sus sonrisas. Nosotros discutimos. “¿Cómo pretendían meter tres mujeres más allí, para colmo, con animales?, ¿Dónde putas nos sentaríamos?. Pero él nos advirtió que si no queríamos nos podíamos apear, ah, pero eso sí: que el dinero no lo devolvía.
Así que nos fuimos al Valle de Upar.
Los cuarenta y cinco minutos que afirmó Bechara que duraba el viaje no se cumplieron. El carro, una carcacha que desde los setenta viajaba por nuestro país, demoró casi tres horas en lograr su destino. Lo bueno fue que, a medida que nos íbamos acercando, aquella tierra de apariencia quemada y caliente comenzó a cubrirse por unos árboles frondosos de los que caían tupidas ramas cubiertas de impresionantes flores amarillas, más amarillas que la luz del sol, y supuse entonces que bien podrían haber sido aquellos árboles los hombres cubiertos de oro que imaginaron los españoles cuando llegaron a América.
Durante el trayecto, mis amigas se amistaron con las indígenas y comenzaron una parla eterna sobre la tierra que pronto pisaríamos. Que qué tan grande era el Valle, que si era famoso sólo por sus canciones, que si de veras Francisco “el Hombre” había existido, que por qué hablaban de ella como una ciudad planificada; y lo de los árboles: era cierto que la ciudad era tan verde, era cierto que en cada patio había un paloe´mango; y aquello de lo del Valledeoldparr: desde cuándo le decían así; y por qué tantas leyendas. La de la sirena en el río Guatapurí, por ejemplo, y la del credo al revés, y la de la virgen del Rosario; y por qué su gente era tan alegre, por qué cantaban tanto, por qué necesitaban componerle canciones hasta a las canas. Hacían tantas preguntas sobre Valledupar, que hubiera pensado que las guajiras habrían preferido viajar en otro carro. Pero no, ellas iban felices, contando historias y absolviendo dudas. Hasta que cayeron en cuenta que con quienes hablaban no eran mujeres de verdá verdá sino simples hombres trasvetidos, porque resulta que hasta aquel momento nadie se había percatado de ese pequeño detalle, nadie había distinguido nada diverso en nosotros, por eso la ausencia de gritos y de aplausos y de silbidos. Y tan tontos nosotros que no caímos en cuenta de pensar que íbamos tan bien vestidas que nadie notó lo evidente, ni siquiera los paramilitares. Pero estas guajiras lo hicieron, y nosotros caímos por donde menos esperábamos: por nuestras piernas peludas, que por los trajes largos nadie había notado. Pues bien. Luego del escándalo que armaron aquellas mujeres no hubo nadie que no se enterara. Por cada pueblo por donde pasábamos, era tal el alborozo que nuestra presencia causaba que nos recibían en el próximo con pitos y pancartas. En Caracolí, en Mariangola, en Aguablancas, en Valencia de Jesús, y finalmente en Valledupar: había tanta gente agolpada a lado y lado de la carretera, y finalmente alrededor de la Glorieta del Obelisco, plena entrada a la ciudad, que para entonces nosotros tres ya estábamos cagadas del susto por semejante amotinamiento. Dije “nosotras tres” y no me equivoqué, porque el hipocondríaco de Santiago ya se había apeado en la mitad del camino con una crisis múltiple de hepatitis, leucemia, epilepsia y hasta catalepsia creo que le dio. La última vez que lo vi escupía una baba negra tirado al borde de la carretera.
Para entonces, ya en mi cabeza no existía plan diferente al de buscar la forma de sobrevivir ante la furia imaginada de las hordas vallenatas que enardecidas desmembrarían nuestros preciosos cuerpos.
Pero, ¡oh sorpresa!, a medida que el carro avanzaba por aquella avenida cubierta de lado a lado por frondosos palos de mango, la gente nos gritaba vivas y bravos y piropos, y silbaban como si se tratara de la mismísima Tatiana Castro, la única reina que ha tenido el Cesar en treinta años. De hecho, podría asegurar que en algún barrio nos cantaron aquella canción que dice
“Tú eres mi reina, negra”
La borrachera ya no existía, y ninguna de nosotras sabía dónde quedaba la casa de Bechara. El único dato hacía referencia a un inmenso árbol de caucho cartagenero.
-Ah, donde doña Alicia -dijo el conductor-,
y allá nos llevó. En menos de cinco minutos recorrimos la ciudad de sur a norte hasta que la carcacha se detuvo –era cierto- frente al más grande árbol que jamás hubiera visto. Eran las seis de la tarde y la ciudad, toda todita, era una sola fiesta. Por eso, cuando bajamos del auto y divisamos una veintena de muchachos que nos perseguían, corrimos hasta la entrada de la casa pensando que nos iban a atacar pero pronto descubrimos que tan sólo pretendían bañarnos con maicena y embadurnarnos con su alegría.
Alejo no estaba. La empleada dijo que había salido hacía muy poco tiempo a una parranda donde una tal Silvia Pavajeau que nosotros nunca habíamos oído mentar, y nos explicó que era la casa justo detrás de donde nos encontrábamos. Decidimos llegar allá: no estábamos invitados pero como no la conocíamos no teníamos nada qué perder. Yo, feliz porque mi venganza, en breve, se consumaría. Pero Assesinata quiso bañarse y mudar su ropa, y no hubo poder humano que la hiciera desistir. De manera que nosotras dos nos asustamos y, cada una en un baño, lavamos nuestros rostros, dejamos nuestra cabellera natural y nos enfundamos con nuestras mejores pintas masculinas. Ropa de Bechara, por supuesto, porque no se nos ocurrió llevar una muda diferente.
Enmudecí desde aquel momento, enfurecida, histérica, agobiada por mi mala fortuna, por permitirme perder tiempo planeando una escena sanguinaria que nunca sucedería, una venganza heroica que jamás se consumaría. Recuerdo ahora que esa tarde lloraron mis ojos mis mejores lágrimas, lágrimas puras, transparentes, cristalinas, diáfanas, porque fueron lágrimas de amargura, de martirio, de profundo tormento.
Ante la pena, y molesta por la decisión de Assesinata, convencí a Wonder Woman para irnos adelante, dejando olvidada a nuestra amiga en casa de mi enemigo. Por fortuna no fue difícil llegar al sitio de la parranda. El mismo Dario Pavajeau y su bella Maríaelisa, anfitriones de lujo, nos dieron la bienvenida, y no fue sino entrar a la sala para comenzar a reconocer rostros de invitados. Vi a Consuelo Araújo, y al excontralor Aníbal Martínez (claro que no juntos), y a Álvarito Araújo, y a Gloria Triana y al tan mentado Andrés Becerra, y a Pedro Ruano –el nieto de Pedro Castro- y a Nora Trujillo también la vi; y conocí a Colacho, a Juancho Rois, a Iván Zuleta, y a no sé qué otros acordeoneros, cajeros, guacharaqueros y demás personajes, de esos que a diario vemos en las paginas de la Jet-Set. Y estaba en esas, apabullado entre tantas personalidades, cuando escuché una gritería que iniciaba en la puerta y corría por cada habitación de aquella inmensa casa. Y ahí quedé estupefacta cuando hizo triunfal aparición, cual Aída moderna, nuestra amiga, que ya no era Assesinata de Silencia sino ese otro personaje, uno de tantos, que la convirtió en célebre entre las célebres en este país de rumba sin cansancio. Nunca supe de dónde sacó aquellas ropas, pero ciertamente había cambiado su atuendo, y ahora vestía de la siguiente forma: sastre de dos piezas blanco con ribetes rojos, botas altas -rojas-, que cubrían lo poco que la corta minifalda no cubría, peluca de cabellos cortos muy modernos, como a lo Marta Traba; una inmensa ruana roja que colgaba, aparentemente casual, sobre sus hombros; y en su mano derecha jalaba una maleta de rueditas: era ella, no había duda. Era María Samsonite, la más famosa azafata que haya trabajado en aerolínea colombiana alguna, perdida de todos los confines del universo desde los tiempos de la fiebre de mico, y reaparecida en plena parranda vallenata, en plena casa del más famoso de los parranderos vallenatos, en plena fiesta de celebración de los 450 años de fundada esta ciudad tan provinciana.
Mi cabeza, como un rotor, dio un giro de 180 grados tratando de memorizar cada rostro vallenato en aquel momento de gloria para la modernidad del pueblo: todos estaban boquiabiertos. Hasta el acordeón enmudeció. A una señora de pantalón blanco, por ejemplo, literalmente la vi babear; a otra, exclamar un ¡ooopps! Mas sonoro que el de Britney Spears; una animada conversación de varios señores de repente se detuvo; otro varón, bastante mayor, abrió de tal forma sus ojos que parecía que le hubiera dado una parálisis facial. Podría enumerar mil expresiones parecidas, todas de asombro, todas de terror, todas de angustia. Pero como siempre, nuestra amiga no se amilanó, caminó segura (casi diría que se creía Linda Evangelista desfilando en Milán), regia como siempre ha sido, y cuando divisó a Bechara, escondido tras una oscura cortina, juntó sus manos en señal de oración, bajó su rostro en señal de saludo, cerró sus ojos y sonrió. Bechara entonces le salió al paso. Más tarde le oiría decir algo así como untado el dedo untada la mano: ya por entonces tenía claro que la mejor forma de solucionar un problema era encarándolo. De manera que fue hasta donde su amiga, le dio sendos besos en cada mejilla, y ordenó a Iván Zuleta “que siga la música, que estamos en el Valle”, y el Valle me impresionó.
Después de aquella noche, cuentan en esta ciudad de leyendas que un señor ya mayor, todo un varón, con mirada de parálisis facial, se la pasa recorriendo la calle del Cesar como en la canción, esto es, de arriba a abajo, de abajo a arriba, cantando siempre el mismo canto, aquel que dice: oye bonita, cuando me estás mirando, yo siento que tu alma cubre todo mi cuerpo.
Alonso Sánchez Baute
Abril 2001
Buenisimo Loncho!!! Muy bacanisima la historia! Me rei mucho jajaja
ResponderEliminarMe gusta mucho tu forma de escribir, espero que sigas publicando!
Genial Lonchito... vaya que valió la pena trasnocharme leyendo esta maravilla! Nos vemos en un rato!
ResponderEliminar