Desperté con la idea clara de que mi marido había muerto. Llevaba tres días sin verlo, desde que salió para la finca la mañana del martes y ahora era jueves, tres de la mañana, y nada que aparecía. Todos estos días me comuniqué con los trabajadores, los llamaba al radioteléfono y les preguntaba “Ve, ¿Miro no está allá?”, y siempre igual: que no, que desde la semana anterior, cuando fue a pagar la quincena, nadie lo había vuelto a ver. Todos los días me contestaban lo mismo, pero yo insistía y hasta me volví cansona de tanta llamadera, esperando que Argemiro apareciera en cualquier momento. Incluso, fui hasta la finca un par de veces, como no queriendo aceptar la realidad palmaria que se me presentaba como una bofetada: si mi marido no estaba secuestro, tenía que estar muerto. Lo del secuestro lo pensé muchas veces. Ya saben: en este país, si no secuestra la guerrilla, te secuestran los paramilitares. Y si tienes peor suerte, va y te secuestra la delincuencia común para venderte luego a uno de los dos bandos. Pero estamos hablando de tres días: luego de tanto tiempo era hora de que los delincuentes hubieran llamado a pedir el dinero de rescate, lo cual no me habría sorprendido, pues habíamos recibido llamadas amenazantes por un u otro motivo, que si porque somos de ideas de avanzada o porque somos muy retrógrados. Y yo creo lo de siempre, que el único motivo es el dinero, que en este país tan pronto se enteren de a alguien le está yendo medio bien, aparecen los guerrilleros o los paramilitares o la delincuencia común a querer quedarse con lo que hemos trabajado, con lo que hemos luchado con el sudor de nuestras frentes, como tanta gente que conozco de aquí del Valle, trabajadores de toda la vida, a quienes de repente les secuestraron un miembro de su familia y el rescate que pagaron fue inmenso; casos incluso en que a pesar de pagar el rescate, no devolvieron a la víctima y luego reaparecieron para pedir más dinero si deseaban recibir el cadáver. Este país es una mierda, una cagá.
Esos bandoleros siempre llaman a cobrar el rescate tan pronto tienen a la víctima entre sus manos, pero, ¿tres días? Eso era demasiado tiempo para que no se manifestaran. Además, esa noche me acosté tranquila, en paz con Dios luego de haber ido a misa. El padre Becerra dio un sermón maravilloso sobre la esperanza y sobre la palabra de Dios, y de cómo el Señor utiliza diversos lenguajes para acercarse a cada uno de sus hijos, para decirnos lo que tiene para nosotros. Quizás por eso, cuando me desperté sobresaltada, lo primero que me vino a la cabeza fue que mi Argemiro estaba muerto. Miré la hora: tres y treinta y tres minutos. ¡Qué horas para recibir aquella noticia! Pero sí, era el Señor quien, aprovechando el sueño, me había enviado aquel mensaje. Lo recibí más rápido que un fax: mi marido estaba muerto. Quedé fría. Me recorrió una mortificación de la cabeza a los pies. Bueno, yo lo llamo así, pero en realidad lo que sentí fue como un corrientazo eléctrico, un calambrazo que te atormenta, que te hipnotiza, que te enloquece, que te dispara el pensamiento; y luego una paz eterna, como cuando estás esperando algo que no sabes qué es y de repente sucede y dices “¡ah, era eso!”: así me sentí yo aquella madrugada, cuando me desperté sobresaltada justo a las tres y treinta y tres minutos de la madrugada con un mensaje divino que me dijo: “tu marido está muerto”. ¿Muerto?, me pregunté entonces. ¿Por qué? si la muerte llega es en la vejez, si nuestros planes continuaban, si nuestros tres hijos ni siquiera alcanzaban la adolescencia, si él no tenía más que simples treinta y nueve años. ¿Morir a los treinta y nueve? Eso es marcharse demasiado joven: falta al menos otra mitad de vida por vivir. Y ahí mismito comenzaron a asediarme toda una serie de preguntas: ¿y cómo murió?, ¿acaso lo mataron o fue un infarto prematuro?, ¿le dolió? ¿la sintió llegar?, porque no hay cosa que me aterre más que pensar que uno tiene tiempo para saber que en medio segundo más se irá la vida de las manos, que todo esto: la familia, los construido, los planes, los amigos, la ciudad donde creciste, todo todo todo, lo que se dice todo, queda atrás y uno acaba tostadito, muertecito, frío, gélido; y también alcancé a pensar en mis propias preocupaciones, que qué me depararía el destino, que cómo sobreviviría, si sería capaz de enfrentar una finca ganadera con capataz y trabajadores incluidos y además sacar adelante a mis tres críos; si volvería a enamorarme. Pero ¿cómo?, si ese era el hombre de mis sueños, a quien siempre supe el padre de mis hijos, a quien siempre vi a mi lado en la vejez, su mano sobre la mía, su presencia, su vos de apoyo, ¿cómo podría pensar en volver a enamorarme? ¿no dizque sólo tenemos una media naranja en esta vida?, alguien que es idéntico a nosotros, alguien que con sólo llegar, con su presencia, con su perfume, con el sólo nombre a veces, es suficiente para decir “ese es”.
Fue lo que me pasó con Argemiro cuando lo conocí en casa de las Hinojosa, mis amigas de toda la vida. Él también era de acá del Valle, pero yo nunca lo había visto. A Miro lo descubrí el fin de semana del matrimonio de una de las Hinojosa, de Chela, que se casó con Pacho Argote en un matrimonio célebre en toda la región porque era gente muy reconocida, de familia tradicional, gente bien de toda la vida, gente que ha comido en bandejas de plata por mucho más de tres generaciones; y él estaba en la lista, al igual que tanta gente de todo este ardiente Caribe, pues hay que decir que esa boda atrajo personas de todas partes, desde monterianos hasta guajiros, porque fue un matrimonio colosal, de más de dos mil invitados. Yo, al principio, pensé que era una barbaridad, y hasta me dije un par de veces que cómo se les ocurría hacer un matrimonio en estas épocas de crisis. Pero ya conocen a los Hinojosa, esos siempre han sido así, gente que no se detiene por tonterías como la plata. Era la mayor y merecía un matrimonio de ese calibre. Una boda célebre, de la cual se hablara durante años en toda la región; que si Francisco el Hombre estuviera vivo se habría encargado de regar la noticia por toda la comarca, acordeón en mano, como todos los juglares respetados, los buenos, digo, los que llevaban las noticias de un lado a otro; y así se imaginó el viejo Guillermo Hinojosa la boda de su hija mayor, la Chela, que ya que estamos en confianza les cuento que no es muy agraciada que digamos, pero bueno, con tanta plata… y no se piense que lo digo por lenguaraz, porque yo a la Chela la adoro, y me alegró a mares saber que se levantó su marido, tarde pero se lo levantó, pues ya la Chela pasaba de los treinta y todos decían que estaba quedá, por eso supongo que la fiesta fue más tremenda que cualquier otra, para que en toda la región se supiera que no seguiría vistiendo santos. Aunque lo mejor de la fiesta fue sin duda alguna Argemiro Pumarejo, vallenato, abogado de profesión, de familia conocida en estas tierras, de respeto, de clase, de finca ganadera grande, de buena cuenta bancaria. Por eso yo, tan pronto lo vi, me dije “hoy debí de haber hecho una acción muy buena porque mira lo que mandó el Señor”, y luego pensé tantas cosas: si había dado limosna a los niños recogidos por la vieja Olga, si había visitado a los viejitos de Rosita Dávila, si había colaborado con las monjitas Clarisas que se la pasan rezando por quienes no lo hacen… Pero nada. No recordaba nada de aquello. No venía a mi memoria ninguna de tales cosas que me habrían servido para saber porqué mi Dios me había ofrecido a aquel hombre tan maravilloso, tan papazote, tan cosota divina que desde ese mismo día me lo quería comer todito. Si, algo grande debía de haber hecho aquel día que conocí a Argemiro Pumarejo para que Dios en su sabiduría me lo mandara como en bandeja de plata, pues no fue sino verlo para decir “ese es mi hombre”, ese es el macho que tanto he esperado.
Nos ennoviamos esa misma noche, y mantuvimos una relación seria, lo que se dice seria, por ahí como unos dos años larguitos, hasta que mi papá comenzó con la fregantina, pregunte y pregunte, si aquella relación tenía futuro, pregunta a la que no le tenía respuesta. Y una noche de jueves, no la he olvidado jamás enamorada como estaba de aquel hombre tan divino, papá se lo preguntó de frente, así, a bocae´jarro como decimos por acá, y él no tuvo más nada que decir que sí, que eso era serio, que él me amaba, que él quería envejecer a mi lado. Y yo casi chillé de la dicha cuando lo escuché decir aquellas cosas. Imagínense: tendría entonces veintitrés años, acababa de volver al Valle luego de cinco años estudiando en Bogotá, ya tenía mi propio negocio que papá me ayudó a montar, y ahora se aparecía este hombre, un partidazo, a decir que quería vivir a mi lado así yo estuviera todita arrugadita. Esa fue la pedida de mano. Papá dijo que sí también, que a él le gustaba Argemiro como yerno, y desde ese día comenzaron los preparativos de la boda que no fue –hay que ser sincera- como la de Chela Hinojosa. No, fue más bien modesta: sólo quinientos invitados, pues no necesitaba hacer tanto alarde de mis amoríos. Eso sí, la hicimos en el Club Valledupar, como era de esperarse. La misma Astrid Baute, la relacionista, se encargó de organizarla desde el principio. Yo sólo tuve que ir a su casa una mañana y decirle cuándo era el matrimonio y de ahí en adelante todo corrió por cuenta de ella: las flores, la comida, la organización de las mesas, la música, las invitaciones… Yo no tuve más que ir a probarme el vestido de novia. Me lo hizo Nora Martínez, por supuesto, que es la mujer que más sabe de esas cosas en toda la comarca, y fue un vestido hermoso, en organiza y de mangas grandes, majestuosas. Divino el vestido. Y yo lo lucí aquella noche como si no hubiera traje igual sobre la tierra. Que no lo había.
Tan pronto nos casamos, nos organizamos en un apartamento lo más de bueno, como correspondía, y ya luego pudimos comprar nuestra casa, la que todos conocen acá en Serranilla, frente al Tuto Baute, que ha sido el mejor vecino que jamás he conocido. Y con la casa vinieron los niños. Tres: dos niñas y el varón. El varón llegó primero, justo al año de casados. Le pusimos Argemiro Orlando por el papá y por mi papá, y luego vinieron Alma Rosa, que ahora tiene nueve, y María Fernanda, la menor, que es un primor. La semana antepasada le celebramos los siete. Este año pensábamos organizarle la primera comunión en diciembre, pero con la noticia de la muerte del padre todo se vino abajo. De ahí que la primera comunión de la niña fue lo primero que me vino a la cabeza luego de toda mi angustia, aquella mañana a las tres y treinta y tres minutos. Quizás por eso, al primero de mis hijos que le anuncié la muerte de su padre fue a ella. La pobre, dormidita como estaba, y yo la desperté con semejante noticia que ella no comprendió. La entendió más Alma Rosa, que de inmediato se puso a berrear, y Argemiro Orlando, que la asumió como todo un hombrecito. Lo primero que me dijo fue “no te preocupes, mami, que de ahora en adelante yo me encargo de que nada te falte”. ¿Ah, qué tal? ¿No les parece que mi niño es una maravilla? Sólo doce años y decirme aquello, y yo con tanta zozobra en la cabeza, con todo lo que había que hacer, organizar la casa para el sepelio, que quitar las mesas de la sala y el comedor y los muebles Luís XV que se guardaron en el cuarto de san Alejo, que arrendar quinientas sillas y doscientos pocillos de café donde la comadre Sara Guerra para la gente que fuera a dar el pésame, que mandar a buscar un Cristo y un par de veladoras para la mitad de la sala, que comprar café y aromáticas, que contratar a las plañideras para que lloraran más fuerte que yo, que buscar a los negros que cantarían los alabaos; y yo, llorando a grito herido cuando tuve conciencia de lo que me pasaba, que ¿por qué, Señor?, ¿por qué a mí?, tan joven y ya viuda, y no me cansaba de preguntar una y mil veces lo mismo, hasta que me dije a mí misma “basta: ya es suficiente”, y llamé a la funeraria para que dispusieran lo del ataúd, y le pedí a Norelia, mi empleada, que me ayudara con todas las cosas de la casa, y llamé a mi prima Alma Gnecco para que me acompañara en todo mi desespero, “ay, comadre, yo qué voy a hacer ahora tan joven y sin marido”, le decía suspirando, y esperé a las siete de la mañana para pedir las sillas y que las llevaran y las pusieran todas alrededor de la casa, pegadas contra las paredes, de las Rimax, no como antes que en los velorios uno se sentaba en taburetes. Pero es que la modernidad lo cambia todo, ¿cierto?, y estas de ahora son más cómodas, no voy a decir que no.
Antes de que llegaran las sillas comenzó a aparecer la gente, porque es que en el Valle las cosas se comunican con una facilidad que ni les cuento; y desde las cuatro de la mañana, luego de llamar a mis padres para avisarles, el gentío regado por toda la casa era cosa bárbara: ya a las seis aquello no daba abasto de tantos amigos que acudieron a acompañarme en mi desgracia; y todo el mundo se me arrimaba a darme el pésame, y yo abracé a tanta gente con quien lloraba, “ay, comadre Finacha; ay, Piruja; ay, Marta; ay, María Uhía, ¿cómo pudo pasar esto?”; y para colmo, muerta de la mortificación porque no tenía ropa de luto, si acaso un par de vestidos de lino que no me parecían apropiados para darle el último adiós al único amor de mi vida. Por fortuna, Magali Urzola y yo tenemos la misma talla y como a la pobre se le murió un familiar hace escasos siete meses, tenía toda la ropa negra del mundo para utilizar en esos momentos, y ahí mismo que la llamé acudió a socorrerme y me llevó a la casa desde vestidos hasta pantalones y blusas; y de inmediato me quité el vestido de algodón blanco que me había puesto tan pronto conocí la noticia y me enfundé en pantalón y camisa negra; y a pesar de la tristeza tuve tiempo para recordar la vanidad, así que le dije a mi prima Alma Gnecco que me tiñera el pelo y me sacara las cejas puesto no quería ver el cadáver de mi marido con la cara desarreglada. Luego Norelia me cepilló el cabello y me arreglo una moña; y yo sufriendo, chillando a mares, que “ay, mi marido, ay, mi Mirito, ay, mi papito del alma”, piélagos eternos de lágrima que salían como de un manantial sin fondo, y mi familia en pleno fue la primera en llegar a casa, mamá, papá, mis hermanos, mis cuñados, mis sobrinos, mis amigos, la casa full, el Valle entero, porque ¿pa´qué?, pero si algo tenemos los vallenatos es que somos muy solidarios, y en momentos como ese es cuando uno se da cuenta de que nació en el pueblo que era, que tiene los amigos que son, que lo parió la mamá que tenía que parirlo, y que la familia alrededor no podía ser diferente. Si, pa´qué pero el Valle en pleno te acompaña cuando te pasan esas cosas, y yo lo agradecí como nadie se imagina, porque es que nadie se imagina aquel dolor que uno no quiere callar, tanta tragedia reprimida, todo ese pesar que te brota del estómago y se encarama hasta el corazón, y que uno tiene que sacar a gritos para no enloquecerse, para no volverse más mierda de lo que ya está.
Bueno, la verdad es que podría alargarles esta historia contándoles tantas cosas que pasaron aquella mañana, tantas preguntas sin respuesta, tanto llanto, tanto dolor, tantos amigos que me acompañaron, tanta solidaridad de mi pueblo, que quizás no terminaría nunca. Por eso, para resumir, les cuento que ya pasadas las nueve de la mañana, con la casa repleta de gente, que a aquello no le cabía ni un tinto, con el señor obispo ya programado para la misa, con el velorio en pleno, con el cementerio listo para enterrar el cadáver de mi marido, justo en ese momento, mi marido apareció. Llegó como si nada, igual a como partió, pero con una juma que desde el patio se le sentía el tufo. Llegó descalzo, empijamado y bañado en maicena, preguntando quién se había muerto, cuando el muerto era él; y llevaba la pea tan despierta, tan vivita, que se puso fue a cantar, que “llegó tu marido, negra, llegó tu mariiiido”, ah, ¿qué tal eso? Estaba en el cuarto cuando escuché la noticia de que Argemiro estaba en la sala y yo, en ese agite, sólo atiné a preguntar “¿cuál Argemiro?” y resulta que Argemiro era mi marido, el muerto, que no lo estaba, que llevaba tres días borracho en casa de María Puche, comiendo guiso de morrocón y bebiendo chirrinchi con los Zuleta, con Colacho, con Freddy Pumarejo, con Alfredo Cuello y el Panita. Muérganos: así son todos los hombres, unos muérganos que juegan con los sentimientos de las mujeres, que no se detienen a pensar en todo el daño que nos hacen, en tanto dolor que nos producen. Todos son igualitos, cortados con la misma tijeras.
Y a mí me tocó quedarme con todo ese velorio montado, con toda mi angustia, con toda mi tragedia reprimida, con tinajazas de café en la cocina, con el contrato de las sillas y los pocillos, con el lote comprado a última hora en Jardines del Ecce Homo, pa´ qué llegara este desgraciado con el cuento de que tenía una juma de tres días por estar bebiendo con sus amigos. Váyase pa´l carajo ¿no creen?
Ja ja ja, muy bueno Alonso, je je je.
ResponderEliminarPero parece que a Alma le doló que la dejaran vestida de negro a las puestas del cementerio.
Este párrafo me gustó mucho:
"Llegó descalzo, empijamado y bañado en maicena, preguntando quién se había muerto, cuando el muerto era él; y llevaba la pea tan despierta, tan vivita, que se puso fue a cantar, que “llegó tu marido, negra, llegó tu mariiiido”.
Saludos.
Excelente...me he divertido imaginando el hablado y las escenas en mi mente como si fueran reales!! Excelente Loncho...simplemente excelente!
ResponderEliminarHAY ESTA ALMA PINTADA,NO PODIA SER OTRO PERSONAJE DEL VALLLE
ResponderEliminarQué bien el estilo, vallenato puro.Saludos.
ResponderEliminarQué bien el estilo, vallenato puro.Saludos.
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