9.4.11

¿No es acaso Navidad?

A Rodrigo Andrés
Simón detesta la Navidad. Desde que no era más que un culicagado, diciembre le llega con cierta desazón, que ya ni siquiera intenta descifrar. Los buenos recuerdos, los únicos, eran aquellos en que con la ingenuidad propia de su edad esperaba la llegada del niño Dios cargado con unos regalos que no esperaba recibir, pues nunca eran los que pedía en sus cartas, las que personalmente depositaba entre las ramas de un árbol decorado con lucecitas pasadas de moda y hojas plásticas cada año menos verdes. Quizás por eso le fue perdiendo las ganas a la fecha, por ese capricho de Dios de regalarle lo que él quería, pues consideraba que si el niño Jesús no lo mimaba con lo que él deseaba era, simple y llanamente, porque no escuchaba sus oraciones. Llegó a pensar, para disculparlo, que con tanta carta que recibía de todos los niños del mundo, era posible que se le traspapelaran, equivocando los aguinaldos; más eso, un año, vaya y venga, pero durante ocho o nueve, ya le parecía demasiado: o el niño Dios no sabía leer bien o ese oficio de mandarle recados cada diciembre era una pendejada más de los tantos rituales innecesarios que desde temprano conoció de la vida.
Con el paso del tiempo, Simón fue perdiendo en su disco duro el significado de la Navidad, o al menos el significado que escuchaba en los enlatados gringos que pasaban como propios por la televisión nacional.
Por fortuna, la vida terminó dando demasiadas vueltas, y con la rapidez con que desaparece la niñez descubrió aquello de que no sólo de pan vive el hombre ni que tan sólo habita en la casa del Señor, pues en algún momento de su adolescencia supo que no era necesario escabullirse desde temprano cada 24 de diciembre, durmiendo antes de lo previsto para no ahogarse en llanto, habiendo tantas otras maneras de celebrar lo que a él no le interesaba celebrar. Para entonces, Dios es grande, ya no se trataba de un núbil ingenuo sin capacidad de decisión, por lo que cada año desaparecía de casa desde temprano, acompañado de sus amigos de la universidad, y se perdía por los pocos antros que esa noche estuvieran abiertos en Bogotá, sin dejar rastros.
Pero este año, desde un temprano noviembre, el combo cambió los rumbos y se fue a gozar las fiestas más célebres de Colombia en la época decembrina: las de Cartagena de Indias, la bella ciudad colonial bañada por un mar sucio y arremolinado, donde cada año aparecían más y más ahogados.
Entre todo el grupo arrendaron un apartamento viejo en la península de Bocagrande, que nadie entiende cómo obtuvieron porque estos muchachos no son precisamente lo que alguien podría llamar “previsivos”, y conseguir un alquiler en semejante sitio en plena temporada no es casualidad que aparezca a la vuelta de la esquina. Igual, esa es cosa que a nadie importa, baste con saber que el parche estuvo –completo- trasnochando la Navidad por esos lares.
Al igual que Simón, todos sus parceros son huérfanos ocasionales, de esos que dieron a sus padres un beso de feliz Navidad y próspero año nuevo justo antes de montarse en el primer bus a Cartagena.
-¡Esto es Navidad, carajo! –se le escuchó a Simón gritar a los cuatro vientos la semana antes de Nochebuena, como presumiendo la alegría de haberse liberado de sus padres-.
Repetía también a voz en cuello que la Navidad no es esa idea jarta y anticuada que se ve en la tele, en esos programas cursis donde se reúne toda la familia frente a un árbol a entregarse regalitos culos; y aunque no lo dijo públicamente, tenía claro que esta fecha se trata más de una fiesta para los mayores que para los propios niños, pues desde temprano en su niñez, y con el argumento de que el niño Dios no llegaría a casa hasta que ellos no estuvieran dormidos, a los cuatro hermanitos los acostaban, a regañadientes, más temprano de lo acostumbrado, mientras Simón, haciéndose el dormido, miraba por el rabillo del ojo cómo sus papás se engalanaban antes de salir para la fiesta. Aunque también es cierto que en años recientes en su casa se han sentido grandes cambios, y ahora a sus padres les place organizar cenas navideñas que antaño aborrecían, obligando a sus hijos a permanecer a su lado toda la noche; salvo a Simón, a quien nunca pudieron retener para estas fechas.
Por eso este año fue diferente: el 24 de diciembre, desde que despertó más allá del mediodía, se puso en la tarea de buscarle solución a su Navidad. Tan apasionado se reconoció en un momento dado, que se preocupó pensando que ya se parecía a sus papás.
Pero no fue el único instante en que los recordó.
Antes, en algún momento de aquel día, tuvo un pequeño desliz para imaginar a su madre quien, a esa misma hora, debía andar por Carulla buscando los motetes para la cena navideña, la supuso comprando la caja de buñuelos, la de natilla, cerdo no porque ya debía estar adosado desde el día anterior: quizás esa receta que tanto le gustaba de pernil en salsa de corozo que aprendió en una visita al Valle de Upar. Vino también había que comprar, aunque fuera sólo para la comida. El resto de la noche tomarían whisky, Sello Negro: la ocasión lo ameritaba. ¿Quiénes irían? Desde que sus padres no parrandeaban con sus amigos de toda la vida, cada diciembre se inventaban una cena familiar a la que invitaban a todo aquel de quien hablaban mal el resto del año, quienes no llamaban por teléfono a su casa ni por equivocación, ni se aparecían tampoco para los cumpleaños: su tía Clarita y el esposo, que son unos pesados; y sus primos Santibáñez, a quiénes tampoco soportaba; su hermana recién casada y recién parida a expensas de las lenguas viperinas; y su hermano, con su esposa también recién parida de su tercer retoño, lo que significaba que el tema de conversación giraría sobre las maravillas que habían aprendido a hacer los bebés y lo inteligentes que se vislumbraban; sin duda, al igual que él, su hermano gay tampoco estaría: desde que su papá lo echó de la casa por descubrirlo maricón, él decidió que su familia era otra y nunca más volvió a aparecerse por allá.
En todo caso, pensó Simón antes de ahogarse en la nostalgia, esa no era su fiesta. Sí, quería a su familia, no la odiaba a pesar de todos los desplantes, de todas las críticas por su indumentaria, por sus bajas notas universitarias, por sus regresos al amanecer. Pero creía –y por eso lo quería- que su papá era bueno con él: le regalaba platica cada fin de semana, le soportaba sus gustos, la ropa de marca. Y su mamá, a pesar de la fregantina de cada día por cualquier causa diversa, igual le había regalado ese viaje a Cartagena, y hasta le dio por anticipado su aguinaldo: un par de pinticas que Simón había llevado en su paseo para estrenar una cada día.
Pero no eran esos los regalos a los que esta noche aspiraba Simón. No era ese el aguinaldo codiciado: su expectativa andaba por otros lados. Por eso, tan pronto despertó ese 24 de diciembre, se vistió rápido y corrió a la playa. Sus amigos habían salido, pero tenía claro dónde encontrarlos: Hollywood, ese pedacito de playa en el que su parche se reunía cada día a tanear la blancura cachaca, ¡resplandeciente la blancura!, como despercudida con Clorox: allí llegaban una semana al año para intentar vestirse del color de la piel que tanto aborrecían en los negros.
Simón llegó a la playa con una pantaloneta azul de franjas naranjas, una camiseta blanca de Gef, y sandalias sin amarres. Encontró a sus amigos pero ni saludó: a quien le interesaba tropezarse era al vasco que repartía brazaletes que servían como cover para la fiesta de esa noche. No lo encontró por ninguna parte. Lo preguntó, pero nadie le dio razón. Alguien le contó, medio en broma, que lo había visto por última vez al amanecer, saliendo de Oz, un buen antro de la ciudad.
El vasco era el hombre del poder esa noche, el dueño de la fiesta sin serlo. Para Simón era claro que su objetivo era entrar a esa rumba, no importara lo que tuviera que hacer. Para el vasco, era claro que todo el mundo quería estar esa noche en esa rumba, sin importar lo que tuviera que hacer. Y bueno, con todos hizo lo mismo, sólo que algunos finalmente sí fueron incluidos en la lista mientras los segundos no. Los que ganaron medalla fueron aquellos de abdomen plano y rostro angelical, o aquellas de tetas recién implantadas y culo shakiresco. A los que engañaron, ya sabemos de qué atributos carecían.
Simón caminó en toda su extensión las playas de Bocagrande, preguntando a cuanto conocido encontraba dónde podría haberse metido el vasco. Nadie lo había visto esa mañana, pero todos sabían para qué lo buscaba Simón. De hecho, muchos de ellos andaban tras lo mismo.
Un paso tras otro, Simón llegó hasta la ciudad amurallada y caminó directo hasta la vetusta casa colonial con balcones de colores y trinitarias floridas donde se hospedaba el vasco con su jefe millonario. Tocó la puerta un par de veces hasta que se cansó y siguió en la búsqueda de su objetivo, pensando que a esa hora los anfitriones de la fiesta debían estar almorzando en algún restaurante elegante de la ciudad. ¿En cual? ¡Vaya Dios a saber! Y dejó para más tarde la tarea, sabiendo que en cualquier momento el vasco aparecería por la playa.
Simón volvió sus pasos de nuevo a Bocagrande. Estaba cansado y tenía hambre, por lo que no se sintió capaz de regresarse caminando. De manera que tomó un bus y se sentó en la silla trasera, la de los músicos, sonriéndole a la brisa marina que se colaba por las ventanas.
Fue entonces cuando se preguntó qué pasaría si no asistía a la fiesta que desde Bogotá había tenido en la mira. Alcanzó a preguntarse qué tan importante era que lo invitaran, como desdeñando de antemano la posibilidad de no conseguirlo. Pero todo cuanto pensaba lo llevaba a la misma conclusión: ¡tenía que asistir! No en vano era la rumba más importante de la ciudad, a la que invitaban a todos los chicos play; pero claro, no a cualquiera: sólo a los más bonitos. Quedar por fuera significaba no poder presumir todo el año siguiente el haber sido invitado pero, en especial, señalaba estar en el bando de los feos.
Simón almorzaba un pargo frito bajo el kiosko de “El Chino” cuando en la distancia, entre la marejada humana que deambulaba de un lado a otro, divisó la esbelta figura del vasco. No hay que decir que dejó de comer de inmediato y corrió hasta encontrarse frente a frente con la figura de este hombre de edad incierta, de cabellos cenizos y rostro metálico.
Bastaron un par de minutos para citarse, antes de la caída del sol, en la casa colonial donde los europeos se hospedaban.
Simón arrimó al lugar de la cita antes que los anfitriones. El vasco llegó a su casa pasadas las siete de la noche. Lo acompañaba el dueño de la rumba: un español cuarentón y simpático, de rostro agradable y sonrisa fácil. Los tres entraron a la vieja casona y en menos de quince minutos el asunto estuvo resuelto. Es bueno aclarar que no fue ésta la primera vez que Simón aprovechó su cuerpo para obtener lo que quería.


La fiesta fue en las ruinas del antiguo Club Cartagena, una vieja edificación que amenaza ruina y que en cualquier momento puede venirse abajo, pero tan bien la construyó el arquitecto Lelarge que, por más decibeles estruendosos que se escucharon aquella noche, no se le movió un ladrillo.
La rumba fue a todo dar: los mejores djs del país, la parafernalia de luces y sonidos más ambiciosa, las cajitas de chispitas Mariposa repartidas por doquier, las nenitas caleñas con sus cuerpos de flores de mil colores que se descaderaban enfurecidas, los jóvenes danzarines con sus músculos marcados con fiereza que se desdoblaban en la escalera, los chismosos despiertos a esa hora mirando desde las ventanas vecinas. Y todo a plena luz, a cielo abierto, con una suave brisa marina que mantuvo los motores encendidos, que mantuvo la rumba arriba.
Simón llegó a la fiesta antes de la medianoche. Llegó solo y pronto se hizo notar por todos, pues de su cuello colgaba un alargado cilindro de plástico amarillo –de los que sirven para guardar el billete en la playa- repleto con la mejor coca colombiana, que no fue la única droga que probó la Nochebuena.
Pronto comenzó a reconocer los rostros que tropezó aquella noche, desde el muchachito con la cobra tatuada en el brazo izquierdo, hasta la modelito paisa -¿esa no es Tatiana de los Ríos?, escuchó al entrar-; desde la parejita que se besaba con descaro picador, hasta la maricona que se desbarataba con tal de hacerse notar; desde su amigo Cacho, el dueño de la movida bogotana, hasta la famosa drag de voz aterciopelada que canta arias cual si fuera María Callas. Y de fondo, como el gran gurú que conduce la sesión, la música de dj Padilla dejando ver por qué dicen que es el más grande sacerdote que ha dado la región.
Al amanecer, luego de dar tantos tumbos por los cuerpos de unos y otros, Simón descubrió una muchachita que apenas rondaba los quince. Dijo llamarse Amalia. Simón la llevó a un baño y, tras asegurar bien la puerta, la desnudó lentamente mientras besaba cada centímetro de su cuerpo.


Cuando Simón despertó ese 25 de diciembre, el sol ya se había marchado. Tenía un poco de resaca pero se sentía fresco, preparado para iniciar una nueva noche.
Por eso, tan pronto se bañó y vistió una de las pintas del aguinaldo de su madre, salió a la calle a buscar a los suyos, quienes para ese momento ya andaban por el centro de la ciudad averiguando dónde continuaría la parranda.
Caminando por la Avenida San Martín rumbo a la ciudad amurallada se topó con una cabina telefónica. Lo dudó un instante pero finalmente se resolvió a entrar. Marcó a su casa y su mamá contestó el teléfono. Se saludaron con ese formalismo cachaco que cada vez soporta menos. Su mamá le preguntó por su Nochebuena. Simón le contestó cualquier babosada. Hubo un silencio que pareció eterno. La mamá de Simón lo cortó:
  • Tu papá te pensó mucho anoche, le dijo.
  • ¿Sí?, ¿qué dijo?, quiso saber, ansioso, Simón.
  • Cuando nos fuimos a la cama me comentó “ojalá el muchacho esté bien”.
Simón colgó sin despedirse pensando que se le hacía tarde para encontrar a los amigos. La brisa era fresca y el olor del mar cubría toda la ciudad. Muchos turistas caminaban a esa misma hora por la avenida, algunos miraban los collares y pulseras que ofrecían los vendedores ambulantes. Si alguno hubiera visto el rostro de Simón habría jurado que lloraba. Pero él seguramente lo habría negado. Habría dicho como siempre: por fin pasó la Navidad.



Alonso Sánchez Baute
2003

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