El bus se detuvo sin previo aviso en la mitad de la carretera. Paula se despertó por la conmoción, los murmullos, las frases deshilvanadas, y una voz al fondo que no se cansaba de repetir que regresaran a sus puestos, que era mejor mantener la calma, que estas cosas pasan a cada momento. Paula alcanzó a medio levantarse de su asiento. Miró con atención hacia la parte delantera y trasera del vehículo. Por ambos lados, la cola de automóviles se perdía en el infinito. Preguntó a su compañero de silla ¿qué pasa?, Nada de qué preocuparse, escuchó la respuesta. Imaginando algún grave accidente, Paula se tapó la boca con la mano izquierda en señal de miedo. Llevaba varios años sin visitar Colombia, aunque muchos menos que a su pueblito natal, perdido en la nada a mil kilómetros de distancia de la realidad. Lo había abandonado siendo muy joven, con escasos quince años, buscando las luces de la capital y el anonimato eterno. Se fue sin despedirse, como un fugitivo del lejano oeste. Sabiendo -con Chejov- que el interés al visitar nuevas ciudades no es conocerlas sino apenas escapar de alguna. En Bogotá consiguió empleo en una peluquería “chic”, como acostumbraba decir de cada cosa que le gustaba. Incluso ella misma se describió como una mujer very chic la primera vez que entró a París. Allá vivió un par de años, hasta que se cansó de la arrogancia francesa. Un día cualquiera, casi sin darse cuenta, amaneció en Milán. En todas las ciudades que habitaba su trabajo era el mismo: no había quien le ganara en destreza en el uso de las tijeras, el secador de cabello y el cepillo. Pero el tiempo pasa muy rápido, y una Navidad -alegría obligada-, entendió que su corazón estaba empeñado a la nostalgia. Como todas las decisiones de su vida, ésta también la tomó en un santiamén. Al día siguiente amaneció en Bogotá. Dos días después, luego de reencuentros con amigos y festejos con trago corrido, tomó un avión a la capital de su departamento. No conocía la Central de Transporte, y le pareció hasta bonita, al igual que los buses que a cada hora partían hacia la profundidad del trópico, deteniéndose apenas para una breve escala en aquel pueblito que desde niña juró sacarse de la memoria. Se durmió imaginando reacciones, pensando si podría contener las lágrimas al encontrar los ojos de su madre. Por su padre prefería no preocuparse. ¿Estaría muerto?, se preguntó un par de veces, luchando por saber si acaso así sería mejor. Los ojos se le encharcaron más de una vez, recordando la casa donde nació, el olor de los mangos en el patio de su infancia, los cuentos de arrullo en boca de su abuela, la ternura de una mamá que aprendió con ella a leer, a contar, a escribir. Así se durmió, antes de despertarla una punzada mortal. Fue cuando medio levantó su cuerpo del asiento para ver la extensa fila de vehículos a lado y lado del bus en que viajaba. Entonces preguntó a su compañero de silla ¿qué pasa?, y escuchó decir Nada de qué preocuparse. En ese instante, un par de sudorosos uniformados subieron al bus. Son del ejército, pensó Paula al verlos de camuflado. De inmediato hicieron apear a todos los pasajeros pidiéndoles identificación y requisando cada cosa que transportaban. Uno de ellos, el de grito estrepitoso y mirada cerril, se detuvo frente a ella recorriéndola de pies a cabeza, como si la escaneara. Sea este el momento para precisar que Paula es una mujer impresionantemente hermosa, de gallarda figura (sin tacones, sobrepasa el metro ochenta de estatura), obsidiana como la noche más oscura, de largos cabellos serpentinos, profundos ojos amarillos y cierto “tumbao” por el que todos se voltean al verla caminar. Fijo ésta es modelo, dijo el militar y luego, en tono feroz, ordenó: Usted se va conmigo. ¿Está loco?, le contestó ella, todavía altanera a sus treinta y pocos. Posiblemente estaban locos todos los militares porque se la llevaron, a ella y a otros cuantos que reclutaron de los muchos carros. Entre todos -militares y civiles- sumaban unas treinta personas que rápidamente se perdieron de vista andando entre la maleza. Subieron por la sierra, caminaron días enteros, pasaron hambre. Un par de riachuelos los salvaron de la sed. Sólo hasta el quinto día, Paula probó proteína: un huevo frito que dieron a cada uno en un campamento improvisado. Para entonces, ya no era comida lo que ansiaba nuestra amiga: sólo pedía que existiera forma alguna de destornillarse las piernas para dejarlas por ahí tiradas, adoloridas como estaban, machacadas, amoratadas, con los pies descalzos, sangrantes, porque desde la primera hora de caminata había mandado a la mierda los tacones de puntilla very chic que alguna vez compró en plenos Campos Elyseos. Para entonces, sabía que sus captores no pertenecían al ejército sino que se trataba de un grupo paramilitar. Se lo contó el mismo hombre que se enamoró de ella al verla sentada en el bus, ese al que llamaban Comandante, el mismo que cada noche la cortejaba con frases floridas, el que se jactaba asegurando que, de querer, podía tratarla a su antojo, pero que la deseaba como su mujer, como su compañera. Quería, se lo dijo, que fuera la madre de sus hijos. De ahí tanta galantería, tanta cursilería, tanto trato preferencial, tanta sonrisa amistosa, tanto susurro poético. Ella, parca hasta el final, sabiéndose mujer deseada y respetada, terminó cediendo ante el pereque. Sucedió el noveno día. Su cuerpo de modelo exótica se dejó vencer, abatido de tanto caminar. Le dijo Sí al oído y lo besó en la boca con tanto desenfreno que parecía querer succionarle los órganos –desde el estómago hasta el colon- con su propia lengua. Era hambre, sed, miedo, dolor, venganza, sexo, sabor, pasión, ganas, sufrimiento, angustia, desconsuelo. El Comandante la abrazó con ternura. Peinó sus cabellos con delicadeza, como efectivamente lo habría hecho un hombre enamorado. Lamió su rostro lentamente, sus mejillas, sus cejas, sus orejas. Metió la lengua por sus oídos al tiempo que le juraba una y tantas cosas: le pintó castillitos en el aire. Luego besó su cuerpo lentamente, sus tetas túrgidas, su abdomen plano, sus caderitas desesperantes y, siguiendo con su lengua hacia el sur, pasó de largo hasta las piernas. Qué pies tan grandes tienes, comentó con humor mientras metía cada dedo en su boca. No te creás el lobo feroz, se oyó a sí misma contestarle. Pero él no la escuchó: estaba sumergido en el más puro éxtasis de amor y gloria. Fue cuando subió su mano derecho metiéndola bajo la falda. Pucha, qué es esta mierda!, palideció el Comandante, y ella le dejó ver que no era del todo mujer.
Eso sucedió tres años atrás, antes de convertirse en su amor eterno. Ahora, hace apenas un par de semanas, el Comandante y los hombres bajo su mando se acogieron a las negociaciones de paz del gobierno y entregaron las armas. Desde entonces, la bella Paula anda tirada a la pena sin saber dónde diablos cantará las baladas ochenteras con que cada viernes alegraba las tardes a “sus” soldados.
Alonso Sánchez Baute
Diciembre 2004
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