28.6.11

Escalona, el reverente irreverente (Escalona)

Revista Dinners

Escalona fue Escalona desde su adolescencia, cuando se inventó a sí mismo con un personaje construido a su medida. Desde que compuso aquel primer canto en homenaje a su profe Castañeda comenzó a arroparse con la arrogancia de un hombre que se sabe destinado para la fama. Tanto se preocupó por inventarse que no le importó dejar atrás lo que más quería: su tierra y su gente.
Su arrogancia era tan descarada que Jaime Molina, su mejor amigo, decía de él que “se creía un betovencito”. Molina fue quien presentó al maestro con Carlos Alberto Atehortua, el periodista caldense que llegó a vivir a Valledupar a mediados de los sesenta. “Una tarde –cuenta Atehortua en su nuevo libro-, Molina me preguntó ¿quieres conocer al hombre más petulante del mundo? Le seguí la cuerda sin saber a quien se refería. Fuimos a casa de Poncho Cotes, donde estaba Rafael, y con el índice derecho me lo señaló con ironía: Mira que sencillo es este hombre que hasta parece humano. Se llama Rafael Calixto Escalona Martínez, compositor, pero no sé cómo ha logrado tanta fama con unos cantos que no dicen un carajo. Lo grave es que él mismo se lo cree.
Las primeras puntadas Escalona las robó del cine mexicano, del cual era fanático y disfrutaba en la inmensa sala a cielo abierto del Cine Cesar, diagonal al convento de los dominicanos. De Pedro Infante y Jorge Negrete tomó prestada tanto la pinta como la actitud del charro norteño.
Sus amigos de vieja data lo recuerdan vistiendo los colores de camuflaje –su evocación militar fue una constante-, con pantalón y camisa caki con charreteras, cinturón de tres centímetros de ancho y hebilla vistosa que solía lucir con su revolver con cananas ceñido al cinto. Así lo registró el maestro Nereo López en una serie de hermosas fotografías que hace diez años rescató el Ministerio de Cultura.
Eso de presumir con arma al cinto es un tema propio del machismo en una tierra donde los hombres se desafían con frecuencia. De hecho, uno de sus amigos más cercanos murió en un duelo cuya historia que, a pesar de que no ser tema de este texto, nos sirve como pretexto para ilustrar el contexto.
El hombre del que hablo no es más que el Tite Socarrás, protagonista de uno de sus cantos más celebres junto con Enriquito Orozco, aquel donde cuenta la historia del Almirante Padilla, el buque insignia de la Armada Nacional, que contuvo el espíritu contrabandista de este par de personajes en su empeño por vender café en Aruba.
A sus 89 años Alejandro Isaza recuerda con lucidez los hechos alrededor de aquel duelo: “El Tite Socarrás era un hombre de malos tragos. En la ceiba de Villanueva llamó ratero a su suegro Bolívar Olivella. Le dijo que era un ladrón de ganado. Bolívar volvió rezongando a su casa. Hasta aquí llegué –le dijo a un compadre-: o me mata el Tite a mí o lo mato yo a él. Se metió un revólver 38 largo en la pretina del pantalón y se fue donde una querida a cuya casa del frente debía llegar el Tite para recoger a un trabajador antes de partir al algodón. Toda la noche se la pasó fumando cigarrillos y tomando tinto con la puerta cerrada, quizás angustiado por la proximidad de la muerte. Cuando Bolívar vio a Socarrás le salió al paso: Ahora si me vai a repetí lo que me dijiste anoche, dijo mientras le disparaba. Hizo diana en el corazón de Tite, quien tuvo tiempo de desenfundar su propio revólver y devolver el tiro. El primero en morir fue Bolívar Olivella. Socarrás alcanzo a correr pero José María y Victor Olivella, los hijos de Bolívar, lo persiguieron. Herido, cayó al suelo. Los muchachos aprovecharon para rematarlo. Alcanzó a balbucear un par de palabras, pero nadie las entendió”.
La historia sucedió en Villanueva, un pueblo sin brisas de tierras áridas y secas al sur de La Guajira del que Isaza afirma que “no tiene ni una sola calle donde no hayan matado a alguien”, corroborando sus palabras al afirmar que “Allí la clase media eran los pistoleros”.
Villanueva, junto con San Juan del Cesar y Urumita, fue el epicentro de Escalona a finales de la década del 40, fecha que coincide con la composición de sus mejores cantos. Muy cerca de allí, entre La Paz y San Diego, quedaba la finca de su suegro, Juan José Arzuaga, que fueron las tierras donde por primera vez sembró arroz.
A Escalona le gustaba trabajar el campo tanto como enamorar a todas las mujeres que se tropezara en el camino. En este sentido, para él ellas no fueron más que el regodeo de su masculinidad desde que se hizo hombre a los catorce años con una mujer que trabajaba en casa de sus padres y le doblaba en edad llamada Rosa Elvira, a quien luego compuso sus primeros versos. A ella cada día la zuqueaba en las piernas, que es la expresión que en el pueblo usamos para decir restregar, hasta una mañana en que literalmente la mujer le dijo “Vení pa´ acá pa quitate esa arrechera”.
La virginidad la perdió sobre una laja en el Cerrito de las Cabras, una lomita a espaldas de su natal Patillal. A partir de entonces su historia está colmada de mujeres y parrandas casi en la misma medida. No era un hombre que se enamorara en profundidad. Más bien era pragmático. Si confirmaba que la mujer pretendida era gustosa de él, la perequeaba. De lo contrario, la hacía a un lado hasta que bajara la guardia.
Su gusto por las mujeres tímidas y calladas corresponde a su visión de la mujer dócil y sumisa. Lo advierten las metáforas de sus cantos donde las palomas aparecen como seres indefensos y mansos siempre bajo el acecho del gavilán que gobierna el espacio, el gavilán que es el chacho, el fuerte, el mandamás que marca territorio y se lanza en picada tras su presa.
Sus mujeres no fueron lo suficientemente agraciadas a tono con su fama de ilustre compositor, a su carismática personalidad e incluso a su misma pinta, pues las señoras de su edad aseguran que de mozo este señor era hermoso. Pocas se le resistieron. Cuando ello sucedía, se apropiaba de la muy vallenata expresión “se me escarcharon los peroles”, que data de los tiempos cuando el material de los chismes de la cocina se desportillaba con facilidad.
Fueron mujeres que más de una vez le montaron rémoras de las que él estaba seguro que no daban para abandonarlo. Recordemos que esta es una tierra donde a la mujer no le importa que su marido se entrepierne con otra con tal de que regrese a dormir a casa. De hecho, ninguna lo dejó. Todas siguieron esperándolo hasta el momento mismo de su muerte. El caso más patético es el de la Mona del Cañaguate, quien fue su mujer por casi veinte años. Cuando en alguna ocasión le preguntaron por él, mucho tiempo después de que la abandonara, su esperanzada respuesta fue: “Ahí todavía están sus chancletas”, sintetizando en pocas palabras que algún día regresaría por ellas.
La única de carácter fuerte que se le recuerda fue la última, la cachaca, Luz Marina. Fue ella quien pudo aquietarlo. Quizás porque cuando la conoció ya era un hombre viejo de andar cansino.
Hay una anécdota contada por su gran amigo Iván Gil, el hombre que conoce cada día de su biografía, que habla de su profundo machismo. Su amigo Tomás estaba enamorado y le pidió consejo sobre su debía continuar su relación con esta mujer. A lo que dijo “a mi me parece de primera porque esas muchachas fueron bien criadas, son hacendosas y tienen cierto grado de cultura así que casáte con ella”. Escalona apadrinó la boda. Pasado un tiempo, la muchacha le sacó las uñas “en el sentido de que se volvió celosa y respondona”. De manera que Tomás viajó hasta Urumita a buscar a su compadre para reclamarle. ¿Su respuesta? “Yo me equivoqué pensando que esa muchacha iba a ser buena. Pero, mira, no te la dejei montar. Ponte a bebé y cuando llegues en la madrugada le metei una garrotera y la echai pa´ fuera”. La historia, sin este final, está relatada en El compadre Tomás.
Como vivo en urumita
en casa de Pedro Nel
llegó el compadre Tomás
y preguntó por Escalona yo lo busco
porque quiero hablá con él le
vengo a poné las quejas e mi señora.
Yo pensé que esa muchacha
iba a ser muy buena esposa.
Me perdona si te hice meté las patas
usted sabe que cualquiera se equivoca.

Desconocemos si el compadre Tomás siguió este nuevo consejo de Escalona. Lo que sí sabemos es que el cura de Sanjuán del Cesar, el padre Dávila –que luego fue inmortalizado por la televisión en la caracterización que de él hizo Carlos Muñoz en la novela San Tropel- afirmó de él que era “la personificación del diablo” dedicándole más de una homilía para quejarse en público porque el compositor “le estaba echando a perder a todas las niñas de los colegios, y pervirtiendo a los hombres en el trago”.
En venganza, ni corto ni perezoso, el maestro le dedicó un canto donde queda claro –hay que remontarse a la época- su irrespeto a los jerarcas de la iglesia. El solo titulo es suficientemente irreverente: Las lenguas sanjuaneras.
A mi sanjuán me gusta porque el pueblo es bueno
está reconocido no le falta nada
pero tiene una cosa mala
uuuyyy qué lengua dios mío”.

Claro que es en La custodia de Badillo donde más vainas le echa a los curas llamando a uno de ellos “ratero honrado” y pidiendo que después de la misa “hasta los curas fueran requisados”. La anécdota del canto es la siguiente: Jaime Molina le preguntó a Escalona: ¿Supiste lo que pasó en Badillo? El padre Lorenzo se robó la custodia. En realidad no fue una custodia sino un cáliz, y el cura no se la robó: sin explicar las razones, la mandó a Bogotá para que la limpiaran. Una comisión de Badilleros viajó a Valledupar a quejarse ante el obispo Roig y Villalba, quien tampoco estaba al tanto. Meses después regresó el cáliz ya limpio pero los remitentes se habían equivocado y, cuando el obispo abrió la caja, confirmó que esa no era el de Badillo. Era un cáliz mucho más grande y liviano que pertenecía a una iglesia de Popayán. El obispo elevó una carta devolviéndolo. Hasta cuando el cáliz llegó a su destino los popayanejos devolvieron el que habían recibido.

Meses atrás, Enrique Maya “se había prestado” sin permiso las tallas de San Pablo –no San Antonio como afirma el verso- y Santa Rita de Casia guardándolas en su finca con la esperanza de que lloviera. Entonces la curia armó un escándalo mayúsculo, que luego calló cuando fue un cura quien sacó prestado el cáliz. De ahí viene el verso
Con una 45 en la puerta e´la iglesia
Y a ninguno con sotana lo dejen pasar.
Al terminar la misa
que se pongan del cura pa´ bajo a requisar

Al igual que en muchas otras canciones, en ésta Escalona tampoco fue testigo presencial de lo narrado. La realidad es que, conocida en la región su inmenso talento para componer, los vecinos de cada pueblo le contaban cada suceso a la manera de un notario que debe certificar la realidad a través de canciones.
Igual que el Tite Socarrás, Escalona también fue contrabandista, en asocio con su amigo Tatica Daza, el del Chevrolito, con quien estaba en Maracaibo aquellos días cuando compuso El Mejoral. Con Tatica hizo varios viajes a Venezuela siguiendo la tradición contrabandista de la región que data de los tiempos de la colonia, cuando el gobierno nacional sólo permitía la introducción al interior del país un determinado número de esclavos para su comercialización. Entonces el punto obligado para tributar era Mompox, de donde viene su importancia como ciudad colonial.
Pero los esclavos también eran contrabandeados. Los guajiros los llevaban hasta Bogotá a través del valle del río Cesar aprovechando su procedencia del rosario de islas que desde Aruba, Bonaire y Curazao se extiende hacia el este por las Antillas y hacia el oeste se topan con facilidad con el Cabo de la Vela. El contrabando, desde entonces, no es más que una oportunidad geopolítica. Escalona no contrabandeó esclavos pero el persona que construyó de sí mismo lo volvió protagonista de historias que pudieron ocurrir en California en su época de pistoleros.

En alguna ocasión pregunté al maestro por qué había salido de Valledupar a vivir en barranquilla y, años más tarde, radicarse en Bogotá. Su respuesta fue tajante: “de haberme quedado allá los vallenatos un día me hubieran pedido que cantara; al siguiente, que fuera a comprar el whisky y; al tercero, que les hiciera tal mandado”. En otras palabras, lo habrían manoseado… ¡y la fama exige cierta arrogancia!

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